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Portada Ander Crímenes políticos bajo bandera falsa, I: El genocidio de Ruanda/ The genocide in Rwanda. L. Melvern
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Crímenes políticos bajo bandera falsa, I: El genocidio de Ruanda/ The genocide in Rwanda. L. Melvern |
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sábado, 29 de abril de 2006 |
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DonaldRumsfeld, 24-07-04 [Aportado y Traducción por nick citado]


You can read this article in English by clicking on the title OR HERE and then looking for the second half in the text.
Occidente intervino en Ruanda, pero para apoyar al bando equivocado
Francia estaba muy implicada en el régimen de los hutus extremistas
Linda Melvern Lunes, 5 de abril de 2004 The Guardian Durante unos pocos terroríficos meses en 1994, más de un millón de personas fueron asesinadas en Ruanda durante una campaña políticamente organizada. La preparación de asesinatos en masa en todo el país llevó tres años e implicó a los líderes políticos, militares y administrativos. En una campaña sin piedad de incitación al odio y a la violencia, los conspiradores planearon aniquilar a la minoría tutsi para crear un "estado hutu puro".
El fracaso de la comunidad internacional en Ruanda es uno de los grandes escándalos del siglo XX. Pero, mientras que en los últimos 10 años la atención se ha centrado en el hecho de que nadie hizo nada cuando el genocidio empezó, se ha investigado poco sobre la injerencia de otros estados en los asuntos de Ruanda en los años inmediatamente anteriores, injerencia que, como se ha demostrado, apoyó a los extremistas que tramaron el complot para asesinar.
Uno de los errores más desafortunados fue la decisión tomada en octubre de 1993 por el Consejo de Seguridad de la ONU de enviar una misión pacificadora a Ruanda y mantenerla allí sin refuerzos mientras que el entorno se hacía cada vez más violento. La Misión de Ayuda para Ruanda de la ONU enviada para monitorizar la transición de la dictadura a la democracia en el país era, debido a sus escasas competencias y poca capacidad operativa, apropiada sólo para entornos muy poco conflictivos. Estos débiles esfuerzos mostraron a los conspiradores que tenían poco que temer del mundo exterior.
El acuerdo de paz, al que los pacificadores de la ONU fueron a monitorizar, había sido bien acogido con gran fanfarria, cuando se firmó en Arusha (Tanzania), en agosto de 1993. Fue el resultado del proceso para la resolución del conflicto patrocinado internacionalmente por la Organización para la Unidad Africana (OUA), Bélgica (ex metrópoli colonial), Francia (íntimamente relacionada con el régimen extremista de Ruanda) y los Estados Unidos. Los Acuerdos de Arusha propiciaban un final de la división racial y un gobierno de unidad nacional entre la minoría tutsi y la mayoría hutu.
Era una solución global para finalizar una guerra civil de tres años entre el ejército rebelde, formado mayoritariamente por las Fuerzas Patrióticas de Ruanda (RPF) formadas por tutsis, y el gobierno de Ruanda de los hutus. El RPF se formó para proteger el retorno de 1 millón de refugiados tutsis expulsados de Ruanda debido a las persecuciones raciales que se habían producido desde 1959. Pero no fue más que una tregua de corta vida. Los conspiradores, en la capital Kigali, partidarios de la ideología conocida como Poder Hutu, la consideraron como una injerencia impuesta desde el extranjero.
Sin embargo, los continuos abusos contra los derechos humanos en Ruanda preocupaban muy poco al Consejo de Seguridad, donde los franceses, que jugaban su propio juego secreto, aseguraron confidencialmente a los miembros del Consejo de Seguridad que las partes en Ruanda estaban comprometidas con la paz. Los representantes del Reino Unido y de los Estados Unidos eran reticentes acerca de crear una misión para Ruanda. Simplemente había demasiadas operaciones de la ONU, con 17 misiones y 80.000 cascos azules en todo el mundo.
Pero las razones para ayudar a Ruanda eran persuasivas. ¿Cómo podría Occidente ayudar a este país pobre para democratizarlo y retirarse después? Entonces se llegó a un compromiso. Se iba a crear una misión para Ruanda, pero sería tan pequeña como fuese posible y dispondría de poco dinero. Los belgas fueron los únicos europeos que proporcionaron soldados para la misión, pero eran indisciplinados y racistas. Y todo fue desastrosamente mal.
Ninguna tragedia fue nunca tan anunciada y nunca se pusieron tan pocos medios como en el genocidio de Ruanda. A pesar de la atención que le dio la prensa a un telegrama que avisaba de un complot para cometer un genocidio, enviado por el comandante los cascos azules de la ONU el 11 de enero de 1994 y que no era más que uno de muchos avisos. El gobierno de John Major fue avisado con certeza, porque durante los preparativos del complot para cometer el genocidio, la propaganda que incitaba al odio y la violencia se recrudeció y la milicia aumentó su poder. En las semanas anteriores al genocidio, el embajador belga en la ONU trató desesperadamente de persuadir a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de que la catástrofe era inminente en Ruanda y de que la misión necesitaba refuerzos urgentemente y un mandato con más competencias.
Así, hace 10 años, el 6 de abril de 1994, el presidente de Ruanda Juvenal Habyarimana fue asesinado cuando dos misiles alcanzaron el avión presidencial cuando se acercaba al aeropuertote Kigali. La rapidez y la organización con la que los asesinatos de masas comenzaron después de este crimen político, sugiere que ésta era la señal convenida.
Aunque los principales sospechosos son los extremistas afectos a la ideología del Poder Hutu, ninguna investigación se ha llevado acabo para averiguar quienes de ellos eran los responsables.
Un juez francés ha investigado los hechos a petición de las familias de los tres franceses de la tripulación que también murieron. El sumario no se ha hecho público, pero partes del sumario que se han filtrado a Le Monde sugieren que se ha instruido muy mal. Testigos que presenciaron el suceso en directo contradicen las afirmaciones del juez que dice que, aunque se dispararon dos misiles, sólo uno alcanzó al avión.
El diario [Le Monde] también dice que el juez responsabilizó al líder tutsi, Paul Kagame, del asesinato, a pesar del hecho de que el crimen fue utilizado por los extremistas hutus para justificar el genocidio.
Puede que nunca sepamos la verdad. Francia era un gran aliado de Ruanda y los franceses deben de haber conocido las actividades de los extremistas, por cierto, en el control del ejército. Francia proporcionó armas, soldados, asesoramiento técnico y especialistas a los militares ruandeses, incluso introdujo a oficiales franceses para que trabajaran codo con codo con oficiales y extremistas ruandeses. Sólo dos semanas antes de que el genocidio ruandés empezara, oficiales franceses estaban en activo en unidades que fueron las responsables de llevar a cabo la eliminación de toda la oposición política haciendo sacas de madrugada con listas preparadas. Los franceses intervinieron en apoyo de los extremistas durante y después de las masacres de abril de 1994.
Lo que sabemos ahora es que una oligarquía corrupta, viciada y violenta planeó y perpetró el crimen de genocidio, poniendo a prueba a la ONU en cada paso que dio. Era seguro que hiciera lo que hiciera, la ONU fracasaría. También parece que la íntima implicación de Francia con el régimen hutu sólo sirvió para empeorar la situación.
Durante la pasada década, muchos se han referido a la experiencia de Ruanda para justificar la intervención extranjera. Sin embargo, se dio la circunstancia de que en Ruanda las potencias extranjeras estaban presentes, pero sus acciones se dirigieron sólo a conseguir sus propios fines. Es este aspecto, que se dio antes de que el genocidio empezara, el que necesita una investigación pormenorizada. Hay demasiadas cosas que no sabemos sobre como se llevaron a cabo políticas y decisiones tan desastrosas y en qué informaciones se basaron.
Del libro Conspiración para matar: El genocidio de Rwanda de Linda Melvern publicado en abril de 2004.
Paz Digital, 29-04-2006
guardian.co.uk


The west did intervene in Rwanda, on the wrong side
France was intimately involved with the extremist Hutu regime
Linda Melvern Monday April 5, 2004 The Guardian In a few terrible months in 1994, up to 1 million people were killed in Rwanda in a planned political campaign. The preparation for mass killing on a countrywide scale took three years and involved a conspiracy that embraced the country's political, military and administrative leadership. In a campaign relentless in its incitement to hatred and violence, the conspirators set out to destroy the minority Tutsi as a people in order to create a "pure Hutu state". The failure to act in Rwanda is one of the greatest scandals of the 20th century. But while in the past 10 years attention has focused on a lack of intervention when the genocide began, there has been little scrutiny of the interference of states in Rwanda's affairs in the years immediately beforehand - intervention that can be shown to have positively encouraged the extremists who were plotting the killing.
One of the most fateful errors was the decision in October 1993 by the UN security council to send a small peacekeeping mission to Rwanda and keep it there in an increasingly hostile environment without reinforcements. The UN Assistance Mission for Rwanda, established to monitor the country's transition from dictatorship to democracy, was, with its weak mandate and minimal capacity, suitable for only the most benign environment. This feeble effort signalled to the conspirators that they had little to fear from the outside world.
The peace agreement that the peacekeepers came to monitor had been greeted with great fanfare when it was concluded in Arusha, Tanzania, in August 1993. It was the result of a conflict-resolution process sponsored internationally by the then Organisation of African Unity, Belgium (the former colonial power), France (intimately involved with the extremist regime in Rwanda) and the US. The Arusha Accords provided for an end to the ethnic divisions and a government of national unity between the minority Tutsi and majority Hutu.
It was a comprehensive settlement, ending a three-year civil war between a rebel army - the mainly Tutsi RPF - and the Hutu government in Rwanda. The RPF was created to enforce the return of some 1 million Tutsi refugees expelled from Rwanda during pogroms dating back to 1959. But this was little more than a short-lived truce. The conspirators in the capital, Kigali - adherents of the ideology known as Hutu Power - considered it a sellout imposed by interfering outsiders.
However, the continuing human rights abuses in Rwanda were of little concern in the security council, where the French, playing their own secret game, gave confidential assurances to council members that the parties in Rwanda were committed to peace. Representatives from the UK and the US were reluctant about the creation of a mission for Rwanda. There were simply too many UN operations - with 17 missions and 80,000 peacekeepers worldwide.
But arguments in favour of helping Rwanda were persuasive. How could the west encourage this poor, pathetic country to democratise and then turn its back? So a compromise was reached. A mission would be created for Rwanda, but it was to be as small as possible - and it was to be run on a shoe-string. The Belgians were the only European nation to provide peacekeepers for the mission but they were ill-disciplined and racist. It all went disastrously wrong.
No tragedy was ever heralded to less effect than the genocide in Rwanda. Despite press attention given to a cable outlining a genocide plot and sent by the commander of the UN peacekeepers on January 11 1994, it was just one of dozens of warnings. John Major's government was most definitely warned, because during the build-up to genocide, the violence, hate propaganda and militia increased in scope and power. In the weeks before the genocide, the Belgian ambassador to the UN tried desperately to persuade the permanent members of the security council that it was five minutes to midnight in Rwanda and that their mission urgently needed reinforcing and a stronger mandate. But the warnings were to no avail. The US and the UK were against a stronger mandate.
And so, 10 years ago, on April 6 1994, Rwanda's President Habyarimana was killed when two missiles brought down his presidential jet as it approached Kigali airport. The speed and organisation with which the mass killing started after this assassination suggest that it was a deliberate signal, but, though the prime suspects remain Hutu Power extremists, no inquiry has ever been held into who was responsible.
A French judge has been investigating the crash on behalf of the families of the three French crew who also died in it. His report has not been released, but extracts leaked to the newspaper Le Monde suggest that it is seriously flawed. Eyewitness accounts of the crash, for example, directly contradict the judge's assertion that although two missiles were fired, only one hit the plane.
The paper also claims that the judge found the Tutsi leader Paul Kagame responsible for the assassination, despite the fact that the killing was used by Hutu extremists to justify the genocide.
We may never know the truth. France was Rwanda's one great ally and the French must have known of the activities of the extremists - certainly in the army. France provided arms, soldiers, technical advice and expertise to the Rwandan military, even embedding French officers to work side by side with officers and known extremists. Just two weeks before the genocide began, French officers were still serving in the very units that were responsible for carrying out the elimination of the entire political opposition, touring Kigali at dawn with prepared lists. And they continued to intervene in support of the extremists during and, crucially, after the April 1994 massacres.
What we do know now is that a corrupt, vicious and violent oligarchy in Rwanda planned and perpetrated the crime of genocide, testing the UN each step of the way. It was convinced that whatever it did, the UN would fail to act. It would also seem that France's intimate involvement with the Hutu regime only worsened the situation.
Over the past decade, many have used the experience of Rwanda to justify foreign intervention. However, it is not the case that foreign powers were absent, but rather that their involvement was entirely limited to serving their own ends. It is this aspect - what took place before the genocide started - that needs careful and considered scrutiny. There is too much that we do not know about how such disastrous policies were formulated and the information upon which they were based. · Conspiracy to Murder: The Rwandan Genocide, by Linda Melvern, is published this month guardian.co.uk Paz Digital, 24-07-2004.
Paz Digital, 29-04-2006. Recuperado.
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