En el pasado, atentados semejantes al del 11/M enlutaron Europa. Fue el caso en Bolonia (Italia) en 1980 o Moscú (1999), en ambos casos las reivindicaciones fueron falsas y los culpables señalados no eran los culpables. En este tipo de investigación, todas las hipótesis deben ser tomadas en serio. El ejemplo italiano demostró que se trataba del mismo Estado italiano, apoyado por la OTAN, quien comandó los atentados para enfrentar a la población italiana contra los comunistas.
Los atentados más mortíferos en Europa desde hace sesenta años, como los de Moscú (250 muertos en septiembre 1999) y aquel ocurrido en la estación de tren en Bolonia, Italia, (85 muertos en 1980), fueron muy rápidamente y equivocadamente atribuidos a opositores o grupos fanáticos. Los atentados que tuvieron lugar en Italia nos puede ayudar mucho a comprender un poco más los recientes hechos en Madrid.
De la misma manera que en los atentados de Madrid, la bomba que explotó un 2 de agosto 1980 en la estación de tren de Bolonia (Italia) fue un blanco ferroviario. Los terroristas atacaron allí matando a 85 personas y dejando más de 150 heridos. De la misma manera que en Madrid, la bomba fue depositada esta vez en la sala de espera de pasajeros de segunda clase de la estación del tren. El lugar era un importante centro de intersección de tráfico ferroviario de todo el país. Era el mes de agosto y el objetivo era matar al máximo número posible de pasajeros. El blanco es gente del pueblo: Bolonia era un bastión del partido comunista italiano. En Madrid, los trenes atacados son los utilizados por la clase trabajadora que viene de los barrios obreros. Han sido ellos los objetivos de los ataques terroristas y se les hizo creer irracionalmente que el responsable era el gobierno de derechas de José María Aznar por su apoyo a Estados Unidos en la guerra de Irak. A Aznar se le acusó abiertamente de asesino en una larga campaña de vilificación y de mentiroso y asesino tres días antes de las elecciones generales.
En su investigación sobre el atentado en Bolonia, los jueces italianos que gozaban de una gran experiencia a consecuencia de los varios años de violencia y de terrorismo que tuvieron que afrontar, terrorismo que en gran parte fue orquestado con la complicidad del Estado italiano. Los jueces italianos se orientaron rápidamente sobre la pista de la extrema derecha en el atentado de Bolonia. Pero los servicios secretos italianos del general Santovito hicieron todo para alejar a los jueces de las buenas pistas, dándoles una multitud de informaciones falsas y erróneas. Según los magistrados, cuya versión está confirmada en las actas de la Corte de Justicia del 23 de noviembre 1995, declararon: «el SISMI nos hizo llegar una masa de informaciones difícilmente verificables, a fin de empujarnos en unas investigaciones y/o pistas tan improductivas como extenuantes».
La tragedia de Bolonia es el punto final de una larga serie de atentados mortíferos que sacudieron Italia desde el comienzo de los años 1970. Uno de los primeros episodios ocurrió el 12 de diciembre 1969. Ese día, en Milán, a las 16:37, una bomba destruyó el hall del Banco de Agricultura, matando 16 personas e hiriendo a 88. Algunos minutos antes, una empleada del Banco Comercial Italiano encontró en los locales un maletín negro conteniendo otra bomba cuyo sistema de detonación no funcionó. Veinte minutos más tarde, en Roma, una segunda explosión tiene lugar en el pasaje subterráneo del Banco Nacional del Trabajo, hiriendo 16 personas. A las 17:22 y a las 17:30, dos nuevas bombas estallan: una delante el monumento a los caidos de la Ciudad de Roma, la otra a la entrada del Museo del Risorgimento en la Piazza Venezia. Felizmente esta segunda ola de atentados no hirió más que a cuatro personas.
Estos atentados sincronizados ¿provenían de la extrema izquierda, de la extrema derecha o de otros conspiradores? Los investigadores imputaron inmediatamente la responsabilidad de las cuatro explosiones a los anarquistas italianos. En un telex enviado por el ministro italiano del Interior, el 13 de diciembre 1969, a todas las policías europeas, las autoridades italianas afirman que «dirigen sus primeras sospechas hacia los círculos anarquistas». En el alboroto de los sucesos, la policía hizo pesquisas en las sedes de todas las organizaciones izquierdistas y en algunas formaciones de extrema derecha, pero evitando las dos más importantes, Ordine Nuovo y Avanguardia Nazionale. La prensa constató «la increíble campaña contra los extremistas de izquierda».
La investigación es de una rapidez relámpago: una decena de anarquistas miembros de los círculos «Bakunin» y del «22 de marzo» son arrestados, «fuertes presunciones» pesan sobre ellos, según los policías. Estos se concentraron sobre todo en Pietro Valpreda, un anarquista y bailarín de profesión. Algunos de sus amigos fueron arrestados después de los atentados perpetrados en Milán el 25 de abril 1969 contra el stand de Fiat en la Feria de Milán y otro en una oficina de cambio en la Estación Central.
Un testigo aparecido milagrosamente los acusa: se trata de Cornelio Rolandi, chofer de taxi, que confesará más tarde al abogado de Valpreda que el jefe de la policía de Milán le ha indicado a quien debía reconocer como culpable. Miembro a la vez del Partido comunista y del MSI, el partido neo-fascista italiano, este tipo fallece al año siguiente de una «pulmonía fulminante sin fiebre», añadiendo así su nombre a una larga lista de muertes sospechosas. El cómplice supuesto de Valpreda, Giusepe Pinelli, ferroviario anarquista, es defenestrado después de un interrogatorio. Este episodio dramático inspirará al Premio Nóbel Dario Fo su famosa obra «Muerte accidental de un anarquista».
Las pistas conducen a la extrema derecha, y sobre todo a la Oficina del Contra-espionaje italiano (S.I.O) acerca de la participación e implicación de Mario Merlino y Stefino Delle Chiaie, personajes fascistas bien conocidos, pistas que van a ser olvidadas y enterradas.
El fin de la Segunda Guerra Mundial parece ser el verdadero comienzo de un uso masivo del terrorismo por parte de los Estados. A fin de desestabilizar sus propios sistemas democráticos o los de otros estados a los que quieren mantener bajo su influencia y dominio. Así, «lejos de ser un acto aislado, la masacre de Bolonia es el punto culminante de una ofensiva planificada de desestabilización del régimen parlamentario italiano. Desde 1968 Italia reconvirtió en un verdadero laboratorio de ensayo de la subversión bajo "bandera falsa".
La «estrategia de la culpabilización» implica una campaña cuyo objetivo es crear una psicosis de inseguridad vital y por inercia generar una crisis de confianza de los ciudadanos hacia el gobierno democráticamente elegido, creando de esta manera las condiciones para que otra fuerza asuma el poder, que se supone que garantiza la seguridad.
En Italia, bajo los golpes terroristas y el recrudecimiento de la violencia política de formaciones de extrema izquierda, se adoptaron una serie de medidas policíales y legislativas particularmente irrespetuosas con las libertades individuales.
Es el caso de la Ley Reale, adoptada el 22 de mayo 1975 y que otorgaba a la policía preponderancia sobre la magistratura. La policía podía hacer pesquisas o arrestar a una persona sin mandato de un juez de instrucción, bastaba una leve sospecha para ello. Los interrogatorios se llevan a cabo sin la presencia del abogado defensor o representante legal. Esto viola el artículo 3 de la Constitución sobre la igualdad ante la ley. En 1979, el decreto ley Cossiga alarga el tiempo de detención preventiva para los asuntos ligados al terrorismo y autoriza las escuchas telefónicas. Disposiciones similares han sido reactivadas
en los Estados Unidos y en varios países aliados después del 11 de septiembre de 2001 con la ley Patriot Act estadounidense. Las leyes antiterroristas adoptadas en Gran Bretaña, en Alemania y en Canadá. En Francia, después de adoptarse la ley Perben II y el reforzamiento del Plan Vigipirate, la policía dispone de poderes excepcionales, y todo esto en el marco de la lucha contra el terrorismo.
Movilizar la opinión pública contra una cabeza de turco
Si los ejecutores de los atentados italianos han sido identificados y a veces condenados, se ignora hasta hoy en día quienes fueron exactamente los autores intelectuales. A lo más podemos afirmar que esta estrategia había sido determinada por los servicios secretos de la Alianza Atlántica, sin excluir la posibilidad, de que estos autores intelectuales hubieran podido perder el control total de sus controlados, que eran generalmente miembros de la extrema derecha fascista, medio donde eran reclutados. Una vez captados estos extremistas se pusieron manos a la obra gracias a la complicidad de agentes que trabajaban al más alto nivel del Estado italiano.
Para los servicios secretos de la OTAN como para los neo-fascistas, el pueblo italiano no tenía conciencia de lo que representaba el peligro rojo y era necesario hacerlos sufrir para alzarlos contra los comunistas, porque según ellos, el pueblo italiano «era incapaz de ver la realidad». Este modo de razonamiento no es de la exclusividad de los servicios secretos atlánticos. Los atentados de Moscú en 1999, cuando Vladimir Putin llegó a Primer ministro, fueron atribuidos a los Chechenos. Más tarde, responsables del FSB (ex-K.G.B) han admitido que en realidad eran obra de oficiales de sus servicios que presionaban al gobierno para relanzar la guerra, cosa que lograron. Sea lo que fuese, lo que distingue este tipo de atentado de otros atentados, es que una de sus prioridades es provocar una fuerte reacción emocional para movilizar a la opinión pública contra un chivo expiatorio y desviarla de los verdaderos perpetradores.
Fuente de consulta:
reseauvoltaire.net
1980: carnage à Bologne, 85 morts
L’émotion que suscitent des attentats meurtriers est mauvaise conseillère. Dans les précedents historiques qui ont endeuillé l’Europe, comme à Bologne (1980) ou Moscou (1999), les revendications étaient fausses et les coupables, trop rapidemment désignés, n’étaient pas les bons. Dans ce type d’enquête, toutes les hypothèses doivent être envisagées y compris la plus pénible : celle de la « stratégie de la tension ». Dans l’exemple italien, il s’agissait pour une partie de l’appareil d’État, soutenue par l’OTAN, de dresser la population contre les communistes. Aujourd’hui, on ne brandit plus « le péril rouge », mais le « danger islamique ». Rien ne permet pour autant de privilégier cette piste.
Les bombes de Madrid venaient juste d’exploser, le 11 mars 2004, que le ministre de l’Intérieur espagnol, avant même le début de l’enquête, désignait déjà les coupables : l’organisation indépendantiste basque ETA. Quelques heures plus tard, d’autres voix autorisées évoquaient la piste Al Qaïda. Interrompant leurs émissions pour se consacrer à l’information continue, les grandes chaînes de télévision européennes extrapolaient alors les diverses conséquences possibles de ces deux hypothèses. Ce faisant, les uns et les autres cédaient à l’intention des commanditaires : ils perdaient leur sang-froid et se laissaient submerger par leurs émotions. Les commentaires entendus depuis ne nous apprennent rien sur les faits, mais beaucoup sur les préjugés de ceux qui les commentent.
Précédents historiques
La fonction du journaliste doit être ici d’analyser l’événement au regard de sa logique interne, du mode opératoire choisi, des cibles visées, des enjeux qu’il représente. Pour cela, il s’appuie notamment sur l’étude comparative des précédents historique. Ainsi, attribuer une opération de cette importance à un groupe basque uniquement parce qu’elle a lieu en Espagne est un peu léger. Nous devons nous souvenir que les attentats les plus meurtriers en Europe depuis soixante ans, ceux de Moscou (250 morts en septembre 1999) et celui de Bologne (85 morts en 1980), furent trop rapidement attribués à des opposants fanatiques alors qu’ils relevaient de la « stratégie de la tension ». Rien ne permet d’affirmer que ce schéma est applicable aux attentats de Madrid et il ne s’agit pas de nous engouffrer dans cette hypothèse plutôt que dans une autre. Mais aucune piste ne doit être écartée. Pour mieux cerner, celle-là, souvenons-nous à titre d’exemple des événements d’Italie.
Comme dans les attentats de Madrid, c’est une cible ferroviaire qui est visée, le 2 août 1980 : une bombe explose dans la gare de Bologne, faisant 85 morts et plus de 150 blessés. Comme à Madrid, la bombe, posée dans la salle d’attente de seconde classe de la gare, elle-même un nœud ferroviaire pour l’ensemble du pays, en plein mois d’août, visait à tuer un maximum de passants. Ce qui, contrairement à la légende véhiculée par certains de nos confrères spécialisés dans le terrorisme, n’est pas systématiquement le cas de tous les attentats. Enfin, la cible est populaire : Bologne était un bastion du Parti communiste italien ; à Madrid, ce sont des trains de banlieue venus des quartiers ouvriers qui ont été visés.
Dans leur enquête sur l’attentat de Bologne, les juges italiens, forts de leur expérience des années de plomb et du terrorisme orchestré avec la complicité de l’État, se sont rapidement orientés sur la piste de l’extrême droite. Mais ils en ont été distraits par des renseignements fournis par les services secrets italiens du général Santovito. Ces informations ont égaré les juges sur une multitude de fausses pistes. Selon les magistrats, dont la version est confirmée par les actes de la Cour de cassation du 23 novembre 1995, « le SISMI leur a fait parvenir une masse d’informations difficilement vérifiables, afin de les lancer dans des recherches aussi improductives qu’exténuantes ».
La tragédie de Bologne est l’aboutissement d’une série d’attentats particulièrement meurtriers qui ont secoué l’Italie depuis le début des années 1970. L’un des premiers épisodes survient le 12 décembre 1969. Ce jour là, à Milan, à 16 h 37, une bombe ravage le hall de la Banque de l’agriculture, tuant 16 personnes et en blessant 88. Quelques minutes auparavant, un employé de la Banque commerciale italienne a trouvé dans les locaux une serviette noire contenant une autre bombe dont le système de mise à feu n’a pas fonctionné. 20 minutes plus tard, à Rome, un second engin explose dans le passage souterrain de la Banque nationale du travail, faisant 16 blessés. À 17 h 22 et 17 h 30, deux nouvelles bombes explosent : l’une devant le monument aux morts de la ville de Rome, l’autre à l’entrée du musée du Risorgimento, piazza Venezia. Heureusement, cette dernière vague ne fait que 4 blessés.
Présomption de culpabilité
Ces attentats synchronisés étaient-ils le fait de l’extrême gauche, de l’extrême droite ou d’autres commanditaires ? Les enquêteurs imputent immédiatement la responsabilité des 4 explosions aux anarchistes italiens. Dans un télex envoyé par le ministère italien de l’Intérieur, le 13 décembre 1969, à toutes les polices européennes, les autorités affirment qu’elles « [dirigent leurs] premiers soupçons vers les cercles anarchisants ». Dans la foulée, la police perquisitionne le siège de toutes les organisations gauchistes, ainsi que de quelques formations d’extrême droite en évitant les deux plus importantes, Ordine Nuovo et Avanguardia Nazionale. La presse embraye sur « une incroyable campagne contre les extrémistes de gauche ».
L’enquête est d’une rapidité foudroyante : une dizaine d’anarchistes membres des cercles « Bakounine »
et du « 22 mars » sont arrêtés, « de lourdes présomptions » pesant sur eux d’après les policiers. Ceux-ci se focalisent sur Pietro Valpreda, un anarchiste, danseur de profession. Certains de ces amis ont été arrêtés à la suite des attentats perpétrés à Milan le 25 avril 1969, contre le pavillon Fiat de la Foire de Milan et le bureau de change de la gare centrale. Un témoin miraculeux pour l’accusation, chauffeur de taxi, l’accuse : il s’agit de Cornelio Rolandi qui avouera plus tard à l’avocat de Valpreda que le chef de la police de Milan lui a indiqué qui il devait reconnaître. Membre à la fois du Parti communiste et du MSI, le parti néo-fasciste italien, il meurt l’année suivante d’une « pneumonie foudroyante sans fièvre », ajoutant ainsi son nom à la longue liste des morts suspectes. Le complice présumé de Valpreda, Giusepe Pinelli, cheminot anarchiste, est défenestré à l’issue d’un interrogatoire. L’épisode dramatique inspirera au prix Nobel Dario Fo sa célèbre pièce Mort accidentelle d’un anarchiste.
Les pistes conduisant à l’extrême droite, et notamment le rapport du bureau du contre-espionnage italien (SIO) sur la participation de Mario Merlino et Stefino Delle Chiaie, figure fasciste bien connue, sont enterrées. Pourtant, comme l’écrit Frédéric Laurent, « le néo-fascisme est une réalité. Pour ceux qui l’ont étudié, c’est une réalité plus inquiétante que la fantasmatique « internationale terroriste » dont une certaine presse nous peint régulièrement le tableau terrifiant, avec ses chefs d’orchestre tout-puissants tirant les ficelles dans l’ombre à Moscou, Tripoli ou Pyongyang ».
La stratégie de la tension
Avec le recul, la fin de la Seconde Guerre mondiale semble avoir marqué le véritable début d’un usage répété de méthodes terroristes par les États, afin de déstabiliser leurs propres systèmes démocratiques et de limiter les libertés individuelles. Ainsi, « loin d’être un acte isolé, le massacre de Milan est le point culminant d’une offensive concertée de déstabilisation du régime parlementaire italien. Cette « stratégie de la tension » comme l’a baptisée un journaliste de l’Observer est exemplaire. Exemplaire parce que, depuis [1968] elle fait de l’Italie un véritable laboratoire de la subversion de droite. Exemplaire aussi parce qu’elle révèle les techniques employées par les hommes de l’extrême droite, les moyens dont ils disposent et le soutien qu’ils peuvent attendre d’une fraction de l’appareil d’État ».
La « stratégie de la tension » peut être définie comme une campagne visant à créer un effondrement de l’ordre et de la loi, et par ricochet une crise de confiance des citoyens vis-à-vis d’un gouvernement démocratiquement élu, créant ainsi les conditions d’une prise de pouvoir par l’armée. Elle peut également simplement permettre de créer une psychose sécuritaire au sein de la population qui se tournera en conséquence vers les formations politiques les plus autoritaires. L’Italie, sous le coup d’une recrudescence de la violence politique des formations d’extrême gauche, mais surtout des néo-fascistes bénéficiant de la bénédiction des autorités, adopte une série de dispositions policières et législatives particulièrement attentatoires aux libertés individuelles. C’est le cas de la loi Reale, adoptée le 22 mai 1975, qui « donne à la police la prépondérance d’exercice sur la magistrature. La police peut perquisitionner et arrêter une personne sans mandat du juge d’instruction, sur seul soupçon. Les interrogatoires ont lieu sans la présence d’avocat, même commis d’office (ce qui viole l’article 3 de la Constitution sur l’égalité devant la loi ». En 1979, le décret-loi Cossiga allonge la durée de détention préventive pour les affaires liées au terrorisme, et autorise les écoutes téléphoniques. Des dispositions similaires ont été réactivées aux États-Unis et dans de nombreux pays alliés depuis le 11 septembre 2001, avec l’USA PATRIOT Act, les lois anti-terroristes adoptées en Grande-Bretagne, en Allemagne, et au Canada. En France, après l’adoption de la loi Perben II et le renforcement du Plan Vigipirate, la police dispose de pouvoirs d’exception accrus dans la lutte contre le terrorisme.
Mobiliser l’opinion publique contre un bouc émissaire
Si les exécutants des attentats italiens ont été identifiés, et parfois condamnés, on ignore toujours qui furent exactement les commanditaires. Tout au plus peut-on affirmer que cette stratégie avait été déterminée par les services secrets de l’Alliance atlantique, sans exclure qu’ils aient été débordés par les sous-traitants qu’ils avaient recrutés dans les milieux d’extrême droite, et qu’ils ont été mis en œuvre grâce à la complicité d’agents placés au plus haut niveau de l’État italien. Pour les services de l’OTAN comme pour les néo-fascistes, les Italiens n’avaient pas conscience du péril rouge et il fallait les faire souffrir pour les dresser contre les communistes. Ce mode de raisonnement n’est pas l’exclusivité des services atlantiques. Les attentats de Moscou survinrent, en 1999, lorsque Vladimir V. Poutine devint Premier ministre. Ils furent attribués aux Tchétchènes. Depuis, des responsables du FSB ont admis qu’ils étaient en réalité l’œuvre d’officiers de leur service qui entendaient contraindre le gouvernement à relancer la guerre et y parvinrent. Quoi qu’il en soit, ce qui distingue ce type d’attentat des autres, c’est qu’il vise à provoquer une réaction émotionnelle forte pour mobiliser l’opinion publique contre un bouc émissaire.
Ces exemples nous incitent à la plus extrême précaution dans la désignation des responsables des attentats de Madrid comme dans la vérification des éventuelles revendications.
[reseauvoltaire.net]
Paz Digital, 24-07-2004
Paz Digital, 01-05-2006. Recuperado.