Con relación a la discusión de si el valenciano es un dialecto del catalán o una lengua independiente, me gustaría exponer algunas ideas.
1) El argumento histórico.
Si queremos remontarnos en la historia, es irrelevante saber qué lengua se deriva de cuál. Según la lingüística estructuralista, lo que se habla en España (excepto el vasco), Francia, Portugal, Italia o Rumanía son, diacrónicamente, dialectos del latín. Es decir, las lenguas romances podrían ser denominadas "dialectos del latín vulgar".
2) Las definiciones "científicas".
Habrá que empezar por recordar que la lingüística, si queremos llamarle ciencia, es una ciencia "blanda". Esto quiere decir que la probabilidad de que el conocimiento sea "acertado" es mucho menor que en las ciencias "duras". En puridad, el auténtico conocimiento científico sólo se alcanza cuando es posible provocar y replicar experimentos con pleno control de las variables extrañas, y cuando se aplica el método experimental hipotético-deductivo.
Esto deja dentro de la definición de ciencia "rigurosa" sólo a las matemáticas, por ser completamente abstractas, y a gran parte de la física, la química y la biología.
No hay nada en contra de utilizar el término "ciencia" para disciplinas tales como la psicología, la sociología o la lingüística. Pero siempre hay que tener en cuenta al hablar de ellas:
a) que el conocimiento que aportan es muy provisional.
b) que ese conocimiento depende en gran medida del talento del científico de turno, y yo añadiría que también de su intuición.
c) que se trata de ciencias sociales, es decir, que sus afirmaciones pueden tener consecuencias políticas; y por lo tanto, que es de suponer que algunos "expertos" con poca ética puedan poner su prestigio, su cátedra o su posición social al servicio de intereses políticos, prostituyendo así su materia científica. Esto lo estamos viendo a diario.
Los inconvenientes que acabo de enumerar son evidentes en cuanto a la lingüística. La lengua es una realidad viva y multiforme que se resiste tenazmente a ser clasificada en categorías, y esto lo saben bien los que se dedican a su estudio, a menos que los cieguen los intereses partidarios o económicos.
En concreto, voy a dar algunos ejemplos de las incongruencias e inconsistencias de las denominaciones de lengua, dialecto, etc.
Unas lenguas se parecen a otras, algunas bastante, por tener un origen común. ¿Cuándo podemos empezar a hablar de "lengua" y cuándo sólo de "dialecto"?
Como ya he dicho, desde un enfoque histórico este asunto no tiene importancia, pues remontándonos al pasado, hemos de hablar de variantes del latín, e incluso habría que averiguar de dónde procede el latín, con lo cual llegaríamos a un hipotético tronco común indoeuropeo, tan brumoso e indemostrable como la teoría de la evolución de Darwin y, en general, como todas las explicaciones del pasado, que no admiten la prueba de fuego del experimento científico por su propio objeto de estudio.
Si renunciamos a la historia y miramos el presente, esa "unanimidad científica" de la que a veces se habla está muy lejos de ser cierta. La Real Academia de la Lengua es de la lengua española, y por ello sus afirmaciones no tienen un prestigio mayor que el de cualquier lingüista cuando se habla del catalán y el valenciano. En cuanto a éstos, sucede que la ideología subterránea difundida en los medios de comunicación tiende a ser complaciente con los nacionalistas verbalmente agresivos, en este caso, con los catalanes, de modo que en los medios sólo aparecen "expertos" que afirman rotundamente que el valenciano es un dialecto del catalán. Por cada uno de esos "expertos", se podría citar otro que afirma la independencia de las dos lenguas; sólo que éstos últimos no aparecen en los medios, que siempre tratan de crear una "realidad" a medida de sus intereses.
En realidad, las autoridades filológicas difieren mucho entre sí, puesto que su objeto de estudio es muy opinable.
Un ejemplo claro lo tenemos en la denominación de "español" o "castellano". La misma RAE es vacilante en el uso de estas dos palabras, y, aunque a veces llama "castellano" a nuestro idioma, llama a su diccionario oficial "Diccionario de la Lengua española".
No es menor la confusión en las academias hispanoamericanas de la lengua, de las cuales más o menos la mitad usa el término "español" y el resto, la de "castellano". Evidentemente, la política pesa en este asunto, y pretender llamar "castellano" al español es una forma sutil de afirmar la independencia cultural respecto de la nación española; esta utilización política del lenguaje se da tanto en Hispanoamérica como en las zonas secesionistas de España.
Los estudiosos de las lenguas se han hecho un lío al hablar de los lenguajes en España. No todos coinciden, claro está, porque, como ya he dicho, se trata de un tema opinable, y los filólogos, paradójicamente, suelen tener interés en crear cada uno su propia terminología, con lo cual el personal acaba con un dolor de cabeza espantoso entre la lingüística estructural, la gramática generativa y transformacional o la escuela de Copenhage.
Así, algunos autores suelen hablar del "dialecto andaluz". Es una broma, si pensamos en las diferencias de pronunciación entre Cádiz y Almería, por ejemplo. No existe tal dialecto, sino una enorme cantidad de variaciones locales que difieren poco o mucho de otras.
Hay, incluso, una categoría "inferior" a la de dialecto, a la que Alarcos y otros han llamado "hablas de tránsito": por ejemplo, el extremeño y el murciano. Aquí la arbitrariedad es evidente: no hay dos localidades en Extremadura que tengan el mismo esquema fonético, y lo que algunos regionalistas llaman "castúo" es una variedad de una zona de Cáceres que fue elevada torpemente hace un siglo por los poetas Gabriel y Galán y Chamizo a la categoría de dialecto de toda Extremadura. Si habláis en ese artefacto virtual, "el castúo", a un habitante de cualquier ciudad de Extremadura, provocaréis serias dudas sobre vuestra salud mental.
Donde mejor pueden apreciarse las variaciones entre las lenguas romances es en la fonética y en el léxico. La fonética no es tan elástica como para consituir por sí sola lenguas diferentes. El léxico, sin embargo, sí que ha sido hasta hace poco tiempo una buena prueba de "separación" lingüística.
Sin embargo, la situación léxica ha cambiado desde hace tiempo. Las palabras evolucionaban hacia significados distintos durante siglos porque las poblaciones estaban aisladas unas de otras, y los viajes eran largos y costosos.
Esa situación ha desaparecido casi totalmente. Los viajes son frecuentes, la gente sale a estudiar a otras localidades y los medios de comunicación unifican el léxico del lenguaje con una gran eficacia, sobre todo la radio y la televisión. A eso debe unirse que las reminiscencias de los significados antiguos están ligadas a una forma de vida que ha dejado de existir. Me refiero a la forma de vida rural, sobre todo agrícola y ganadera. Desaparecidas las palabras especializadas rurales, la uniformidad del léxico tiene todo el campo abierto para implantarse.
Y todo esto viene a parar en un par de consecuencias:
a) Es mejor no atenerse a referencias históricas, porque en la transmisión de las lenguas se ha dado un cambio revolucionario.
b) Siendo tan sutiles y opinables las denominaciones, es conveniente que no se haga de ellas un uso político que implique una subordinación. La gente de Castellón, Valencia y Alicante llama a su lengua "valenciano". Bien podríamos respetar en eso a los protagonistas.
Y los nostálgicos que quieran formar otra vez un imperio, que abandonen el manoseo de las etiquetas (pues no va a funcionar) y, si les hace mucha ilusión, que vuelvan a invadir Atenas y Neopatria. A ver si ahora les dejan.
Paz Digital, 26-01-2004.
Paz Digital, 31-07-2006. Recuperado.
Claves: Fundamentos psico-socio-políticos para el siglo XXI. Por Vance
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