PARA MIS HIJOS
Yo sé, hijos míos, que vendrá un día
que de mis días será el postrero,
el del descanso definitivo,
sin más afanes ni más desvelos.
Cuando ese día, hijos del alma,
llegue implacable, tened aliento.
Para un cristiano la hermana Muerte
sólo es llamada a lo infinito,
sólo es retorno, sólo es un vuelo.
No hacia lo ignoto ni tenebroso,
no hacia la nada ni hacia el misterio.
La muerte es vuelo hacia Dios mismo
si se hizo norma de su Evangelio.
Vivid, pues, hijos, a lo cristiano,
no amedrentaros ni envaneceros:
sólo el cristiano que lo es de veras
lo es sin jactancia y lo es sin miedo.
Que no haya un día de vuestra vida
sin buena obra y sin buen ejemplo,
ni haya una noche que la conciencia
os atormente y os turbe el sueño.
Cuando yo muera, hijos del alma,
no haya tristeza ni desaliento.
Dios, providente, no os abandona.
No acongojaros, ¡Dios es muy bueno!
¡Bien lo decía mi santa madre
cuando una tarde –mi padre muerto-
con entereza nos repetía:
Hijos del alma, ¡Dios es muy bueno!
Ahora, hijos míos, sois pequeñitos.
No vais ahora a comprenderlo.
Pero, escuchadme: ya de mayores,
en vuestra vida vendrán momentos
en que, con gozo, cual vuestro padre
digáis vosotros ¡qué Dios más bueno!
José Jurado
Paz Digital, 13-02-2007
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