|
El comunismo cayó, pero los métodos de los dirigentes rusos siguen siendo los del KGB. Al fin y al cabo, ellos mismos también fueron el KGB.
Escape de Moscú Mart Laar
Aportación y Traducción para Paz Digital: Vance
Paz Digital, 17-09-2007.- La caída del comunismo dio a los países del antiguo bloque soviético la posibilidad de virar hacia la democracia, una economía de mercado y el estado de derecho. Algunos países cortaron lazos definitivamente con el pasado comunista; otros tuvieron menos éxito; unos pocos fracasaron de manera catastrófica.
Moldavia y Georgia estuvieron en esta última categoría hasta hace poco. Sus fracasos económicos y políticos se debieron en gran parte a movimientos secesionistas –activamente apoyados por Rusia- que tenían como objetivo mantener a ambos países en la “esfera de influencia” del Kremlin. Cuando estallaron conflictos sangrientos en Transnistria, Abjazia y Ossetia del Sur, Rusia transformó su presencia militar en “fuerzas de paz” como una manera de seguir teniendo el control.
Durante mucho tiempo se temió que estos llamados “conflictos congelados” de repente se pudieran volver calientes. No sólo esto no sucedió, sino que ahora podemos hablar de soluciones, ya que tanto Georgia como Moldavia empezaron a avanzar hacia una economía de mercado y hacia la democracia. La “política de vecindad” de la Unión Europea también ayudó.
El punto de partida de estos desarrollos fue la “Revolución Rosa” de Georgia hace tres años. De estar peligrosamente a punto de convertirse en un Estado fracasado, Georgia giró hacia Occidente. El éxito de varias “revoluciones de color” en países del antiguo bloque soviético también propició el cambio en Moldavia, donde el presidente Vladimir Voronin lanzó reformas destinadas a acercarse a la UE. Estos cambios generaron nuevas iniciativas en Georgia y en Moldavia para restaurar, pacíficamente, su integridad territorial.
La experiencia de Estonia sugiere de qué manera Georgia y Moldavia deberían configurar sus políticas frente a Rusia. Cuando Estonia se independizó en 1991, Moscú intentó dar una imagen de Estonia como una tierra con enormes problemas económicos, no apropiada para la inversión. Sin duda Estonia era pobre y sus principales exportaciones eran chatarra y madera, pero su economía estaba creciendo.
Rusia apoyó un llamado “movimiento de autonomía” en el noreste de Estonia, una zona poblada principalmente por rusos étnicos que se asentaron allí en la época soviética. Cuando Estonia resistió, Rusia impuso sanciones y cortó los suministros de gas. Los pocos productos estonios que se permitía entrar en Rusia fueron fuertemente gravados y Rusia hasta amenazó con una intervención militar.
Pero Estonia conservó su temple. Las sanciones rusas, en realidad, ayudaron a Estonia a redireccionar su economía hacia Occidente. Mientras tanto, Europa occidental se esforzó al máximo por integrar a los Estados bálticos –Lituania, Letonia y Estonia- al mismo tiempo que buscó evitar el conflicto con Rusia. Un tratado de libre comercio de 1994 con la UE permitió que los productos estonios encontraran nuevos mercados, y Estonia terminó convirtiéndose en uno de los países más exitosos de la transición postcomunista, incorporándose a la UE y a la OTAN en 2004.
Cuando Georgia ganó la independencia en 1991, no recibió el mismo tipo de ayuda de parte de Europa occidental. Verdaderamente, Georgia parecía un socio menos atractivo que los Estados bálticos. Los 90 se caracterizaron por golpes, contragolpes y guerras civiles, mientras que dos regiones –Abjazia y Ossetia del Sur- prácticamente se independizaron con el apoyo ruso.
El país dio lo mejor de sí para dejar atrás su pasado atroz. Desde la Revolución Rosa, la economía se ha reformado, el ejército se ha fortalecido y la conducción del país es joven, dinámica y está deseosa de que el país avance.
El impuesto del 12% de tarifa fija sobre la renta en Georgia –probablemente el más bajo del mundo- fortaleció el presupuesto nacional. El gobierno aumentó las pensiones e incrementó el apoyo social. La corrupción está disminuyendo y se ha iniciado la reforma judicial. La economía creció el 8% en 2005 y más del 10% en 2006.
Georgia ha intentado aplacar las tensiones sobre Abjazia y Ossetia del Sur, pero Rusia acusa a Georgia de agresión y limpieza étnica. Su principal objetivo es inhibir el apoyo occidental hacia Georgia e impedir la reconciliación con las regiones independentistas.
Rusia, y hasta cierto punto Estados Unidos, son las potencias que importan en Georgia. Europa tiene que mostrar que también importa. Estonia demostró –en el momento de la independencia y nuevamente durante la reciente crisis por el desplazamiento de un monumento conmemorativo de la era soviética –que con determinación y un fuerte apoyo se puede resistir a la presión rusa.
Europa debe entender que Georgia no necesita ayuda humanitaria, sino comercio. De la misma manera que un acuerdo de libre comercio con Europa le permitió a Estonia encontrar nuevos mercados, éste puede ser el medio a través del cual los georgianos pueden ayudarse a sí mismos.
Georgia puede esperar, con justa razón, alcanzar una independencia real, pero, ¿qué sucede con Moldavia, el país más pobre de Europa, amenazado por Rusia más de lo que estuvieron alguna vez los estonios, o, incluso, los georgianos?
La falta de éxito de Moldavia en las reformas fue en parte el resultado de los movimientos secesionistas respaldados por Rusia. Tuvo un comienzo lamentable en la independencia cuando se declaró independiente la región industrial de Transniestria –poblada de oradores rusos y ucranianos que temían que la mayoría de los moldavos, que son de descendencia rumana, planearan lazos más estrechos con Rumania-. Lo que siguió fue una guerra civil, y en 1992 las tropas rusas entraron en Transdniestria, donde siguen estando. La independencia de Transdniestria nunca se ha reconocido, ni por Moldavia ni internacionalmente. Dicen que es ilegal y corrupta.
Moldavia es un país profundamente endeudado, donde el desempleo es alto y la industria vinícola, que alguna vez estuvo muy bien considerada, hoy está en decadencia. Rusia de vez en cuando le corta el gas, y muchos de sus cuatro millones de habitantes se han ido del país.
Sólo Rusia puede solucionar el problema. Las autoridades moldavas hicieron cinco visitas infructuosas a Moscú para rogarle al presidente Vladimir Putin que explorara una solución y retirara las tropas rusas. Un Voronin desesperado pidió apoyo a la “misión de ayuda fronteriza” de la UE, pero una iniciativa de la UE necesitaría de la cooperación rusa.
Desafortunadamente, Occidente parece no estar muy al tanto de la situación en Moldavia. En abril, por ejemplo, la UE y también Estados Unidos supieron que se había propuesto un acuerdo de paz sólo a través de un informe que se filtró en Alemania. Aparentemente, ese acuerdo favorecería a Rusia, y Moldavia reconocería a Transniestria como una entidad legítima. Si Rusia le ha ganado a Occidente, el precedente para Georgia y otros Estados post-soviéticos débiles sería calamitoso. [project-syndicate ]
Mart Laar es ex primer ministro de Estonia y en la actualidad es miembro del Parlamento Nacional Estonio.
Paz Digital, 17-09-2007
Más aportaciones de Vance
AVISO A NUESTROS USUARIOS: Los comentarios han sido cerrados temporalmente y podrán estar activos pasados minutos. Solo los administradores de Paz Digital pueden escribir comentarios en este instante. Si desea comunicarse con nosotros, hágalo desde el Contactar (menú izquierda, arriba). Paz Digital
Powered by AkoComment 2.0! |