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Fragmentos escogidos. "Los mercaderes del espacio" Imprimir E-Mail
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De Cyril M. Kornbluth y Frederik Pohl

Fragmentos escogidos

 

Paz Digital, 25-11-2007.-


PRESENTACIÓN

Por Vance


Un subgénero mixto producto de la ficción y el ensayo lo constituyen las utopías. El nombre está cogido de la obra de Tomás Moro. Las utopías más conocidas e influyentes son las de Platón (La República), Tomás Moro (Utopía) y Campanella (La Ciudad del Sol). La mayoría de las utopías clásicas plantean un régimen de estilo comunista, una dictadura y, la mayoría de ellas, la persistencia de la esclavitud; normalmente, con la suposición de que los ciudadanos se adaptarán fácilmente a una sociedad que les asegure el sustento material. En su descargo hay que decir que sus autores las pensaron para una sola ciudad. Nunca se les hubiera ocurrido a Platón, Moro y Campanella que sus "sistemas" valieran para un país o nación de, digamos, 10 millones de habitantes o más.

Los siglos XVIII y sobre todo XIX están plagados de "utopías" que imitan a las clásicas, añadiendo ocurrencias personales de cada autor. Las del XIX son de carácter socialista y colectivista, y algunas inspiraron experiencias prácticas que tuvieron muy mal resultado. En el siglo XX, la utopía más relevante es la de Skinner, Walden 2. La nueva "comuna" (también de ámbito restringido) se apoya en la psicología conductista, de la cual Skinner es, en mi opinión, el representante más destacado y coherente, además de haber aportado técnicas muy eficaces a la Didáctica. La utopía de Skinner arrancó ampollas entre la intelectualidad de su momento, que preguntaba al psicólogo dónde quedaba el libre albedrío. Pero esto es otra historia...

En el siglo XX aparecen las distopías. El nombre es hibrído y semánticamente mal formado, pero sirve para dar la idea que se pretende dar: lo contrario de la utopía. No son predicciones, aunque muchos las han tomado como tales. Son avisos al caminante de la Historia. Contra las ciudades-Estado de Platón, Moro, Campanella y Skinner, las distopías nos hablan del Estado tal como lo conocemos desde principios del siglo XIX. Estado de decenas de millones de habitantes, incluso de centenares de millones.

En las distopías, narradas con horror por los autores, el Estado muestra su necesidad de controlar la población y de asegurar la continuidad de la sociedad, desembocando en una dictadura apoyada en técnicas de comunicación (electromagnetismo) y de lavado de cerebro (condicionamiento operante, psicología) que Platón, para su dicha, no habría podido soñar. Las tres distopías que ya son CLÁSICOS del siglo XX son: A brave New World de Aldous Huxley, 1984, de Orwell, y Nosotros, de Zamyatin. El hecho de que este último fuera ruso lo ha eliminado del olimpo de las distopías en la cultura. Ello se debe a que se podía suponer que Zamyatin había deducido un desarrollo futuro del régimen comunista, y la intelectualidad occidental, en su mayoría pro-soviética entre 1960 y 1990, temía que su régimen favorito quedara en evidencia, por lo que hubo un silenciamiento casi unánime de la obra de Zamyatin; al parecer, con "buenos resultados", ya que no he visto en los últimos 20 años que nadie añada el nombre de Zamyatin a los de Huxley y Orwell. Y eso que él fue el primero de los tres...

En las distopías, comunismo y capitalismo monopolista convergen, acabando de una vez por todas con la ficción de los bloques "contrapuestos". Y es que en realidad, son lo mismo. Ya se sabe que la banca americana financió la Revolución Soviética . En las distopías, los gerentes ocultos de la dualidad ilusoria han triunfado, y por ello nadie sabe quiénes son. Huxley se centra más en la genética, en la creación de clases sociales programadas ya desde la concepción. Orwell lleva adelante las fantasmagorías del comunismo imperialista y resalta la reescritura constante de la historia, y sobre todo la perversión de la semántica, es decir, del significado; o sea: del pensamiento. El doblepensar es la clave del Estado asfixiante de 1984

La ciencia-ficción, despreciada por muchos "intelectuales", no está considerada al mismo nivel que gozan los "autores serios" como Huxley y Orwell. Un buen ejemplo de distopía en este campo es Farenheit 451, de Ray Bradbury, que alcanzó bastante notoriedad al presentarse como película en los setenta. Farenheit 451 tiene el mérito de mostrar la amenaza que para el poder opresivo representa la cultura: en la obra de Bradbury, la misión de los bomberos es quemar libros, cuya posesión constituye el delito más grave. Los libros dan a conocer la palabra de otros, y el conocimiento de lo que otros puedan pensar o imaginar amplía la mente. Pero el poder absoluto quiere mentes en blanco.

Hoy traigo aquí una distopía muchísimo menos conocida, pero que está a la altura de las citadas, y en muchos aspectos las supera, en mi opinión. Camuflada como "relato de entretenimiento", "subgénero de la ciencia-ficción", Los mercaderes del espacio, obra de Cyril M. Kornbluth y Frederik Pohl, recoge aspectos de la deriva occidental que ahora el lector va a reconocer en su entorno actual, ¡pero la obra se publicó en 1953!

En el mundo de Los mercaderes del espacio hay muy poco espacio y muchos mercaderes. La cima de la pirámide social está ocupada por dos compañías de publicidad cuya ayuda se hace indispensable al siguiente escalón (los financieros y empresarios) para vender sus productos, ya sean éstos bienes tangibles o simples fantasmagorías. (Nótese la anticipación del duopolio al que se tiende en cada país: Coca-Cola - Pepsi Cola; Banco Santander - BBVA, etc.) Lo más de lo más es ser jefe de publicidad. La masa occidental-globalizada (avant la lèttre) está formada por "los consumidores", una morralla de lo más despreciable cuyo cerebro es zarandeado por los psicólogos, o sea, por los que hacen publicidad. En los dos capítulos que presentamos aquí, precisamente un jefe de publicidad va a descubrir que hay un estrato aun más bajo: el de los productores, es decir, los que no pertenecen al sector terciario de la economía.

De paso, veremos aquí cosas que conocemos y que ni Huxley ni Orwell contaron: el régimen fáctico de esclavitud de los productores; el sistema de créditos que encadena cada vez más al que trabaja; el condicionamiento en cadena para el consumo de productos que "se piden" los unos a los otros, la aplicación en psicología publicitaria de las bases subconscientes ya descritas por Freud. Y todo lo que ustedes puedan encontrar por su cuenta, y que es tan de ahora mismo. Pero recuerden: publicado en 1953.

Mitchell Courtenay jefe de publicidad de la Sociedad Fowler Schocken, se desploma inconsciente en la nieve debido a un sabotaje en el equipo de su traje de protección. Y cuando se despierta...

MERCADERES DEL ESPACIO. FRAGMENTO

7

Me quedé dormido sobre una montaña de fuego. Desperté en un infierno de ruidos y desorden, donde no faltaban las rojas hogueras y unos serviciales demonios de aspecto brutal. Destino apropiado para un redactor de Tauton. Me sorprendió verme ahí.

La sorpresa no duró mucho tiempo. Uno de los demonios me sacudió tomándome del hombro, y me dijo:

– Ayúdame, dormilón. Tengo que guardar mi hamaca.

Se me aclaró la cabeza. Era indudable que el tal demonio era simplemente un consumidor de las clases bajas. ¿Un ayudante de hospital, quizá?

– ¿Qué lugar es éste? – le pregunté – ¿Estamos de regreso en Pequeña América?

– Demonios, hablas raro – comentó –. Ayúdame, ¿quieres?

– ¡No, ciertamente! Soy un jefe de publicidad.

Me miró con compasión y dijo:

– Dopado. – Y se perdió en esa noche rojiza.

Me incorporé, tambaleante, y me tomé de un hombre que caminaba rápidamente entre las sombras.

– Perdone – le dije –. ¿Qué lugar es éste? ¿Un hospital?

El hombre era otro consumidor, de peor carácter que el primero.

– ¡Suéltame! – gritó. Lo solté –. Si te sientes enfermo espera el aterrizaje.

– ¿El aterrizaje?

– Sí, el aterrizaje. Oye, ¿qué clase de contrato has firmado?

– ¿Contrato? ¿Qué contrato? Pero oiga usted, no me hable en ese tono. Soy jefe de publicidad y...

Su expresión cambió.

– Ajá – dijo con aire interesado –. Enseguida lo arreglo. Un minuto. Volveré con el asunto.

Volvió enseguida. «El asunto» era una capsulita verde.

– Sólo quinientos – murmuró –. La última a bordo. No querrás llegar acalambrado. Esto te calmará hasta que aterricemos.

– ¿Aterrizar? ¿Dónde? – grité –. Pero, ¿qué pasa aquí? No me interesan sus narcóticos. Dígame dónde estoy, qué puedo haber firmado, y lo demás corre por mi cuenta.

Me miró de cerca y dijo:

– Te tomó fuerte. ¿Un golpe en la cabeza? Bueno. Estamos en la bodega número seis del carguero Thomas H. Malthus. Viento y tiempo desconocidos. Ruta, 273 grados. Velocidad, 450. Destino, Costa Rica. Lleva sujetos despreciables como tú y como yo para las plantaciones Clorela.

Parecía el recitado de un oficial de guardia, o la triste parodia del mismo.

– Está usted... – comencé a decir.

– Terminado – concluyó el hombre amargamente, y se quedó mirando la cápsula verde que tenía en la mano. De pronto se la tragó, y siguió diciendo:

– Pero empezaré otra vez. – Una chispa le brilló en los ojos –. Voy a introducir en la plantación métodos nuevos y eficientes. Seré capataz en una semana. Jefe en un mes. Director en un año. Y entonces compraré la Línea Cunard, y le pondré turbinas de oro. Sólo primera clase. Sólo lo mejor para mis pasajeros. El viaje será suave y tranquilo. Y en la mejor de mis naves construiré para ti una cabina de oro. Sólo lo mejor para mi amigo. Si no te gusta el oro, le pondremos platino. Si no gusta...

Siguió así, con su monótona letanía de narcotizado. Me alejé. Por suerte yo no me había acostumbrado a las drogas. Me recosté contra uno los mamparos. Alguien se sentó a mi lado y dijo con una voz que quería ser agradable:

– Hola, ¿cómo estás?

– Hola – dije –. Dígame, ¿vamos realmente a Costa Rica? ¿Dónde puedo encontrar a un oficial? Todo esto no tiene sentido.

– Oh – dijo el hombre –, ¿para qué preocuparse? Vive y deja vivir. Come, bebe y diviértete: ésa es mi divisa.

– ¡Sáqueme esas sucias manos de encima! – le grité.

El hombre comenzó a chillar, insultándome, y yo me levanté y me fui caminando por entre piernas y torsos.

Ocurría que yo no había conocido realmente a ningún consumidor, salvo durante esos cortos períodos en que estaban a mis órdenes. Del mismo modo yo había aceptado a la ligera la base homosexual de los consumidores, y hasta la había aprovechado en mis anuncios, sin conocer realmente su verdadera extensión. Tenía que salir de la bodega número seis. Tenía que volver a Nueva York, poner en claro las artimañas de Runstead, volver a Kathy, y a mi amistad con Jack O'Shea, y a mi empleo en la Sociedad Fowler Schocken. Tenía que hacer algo.

Sobre una de las luces rojas se leía Salida de Emergencia. Pensé en los centenares de hombres amontonados en la bodega, y los imaginé tratando de salir por ese agujero. Me estremecí.

– Perdóneme, amigo mío – dijo alguien con una voz ronca –. Será mejor que se mueva.

Comenzó a vomitar. A bordo de los cargueros no se distribuían, aparentemente, bolsas de papel. Empujé la puerta de emergencia y salí de la bodega.

– ¿Qué hay? – gruñó un enorme guardián de la agencia de Detectives.

– Quiero ver a un oficial de la nave – le dije –. Estoy aquí por error. Mi nombre es Mitchell Courtenay. Jefe de publicidad de la Sociedad Fowler Schocken.

– El número – me inquirió bruscamente.

– 16–156–187 – le respondí, y admito que había algo de orgullo en mi voz. Pueden sacarle a uno el dinero, la salud y los amigos, pero no un número bajo de Seguridad Social.

El guarda comenzó a arremangarme suavemente. Un segundo después me arrojaba de una bofetada contra las planchas metálicas.

– Vuelve a tu sitio – rugió –. Esto no es una excursión. Y no me gusta tu forma de hablar.

Miré incrédulamente el hueco de mi codo. El tatuaje decía ahora: 1304-9974-1416-156-187723. Mi verdadero número estaba metido entre los otros. Las tintas eran iguales, sólo se advertía un leve cambio en la forma de los números. Muy leve, sólo yo podía darme cuenta.

– ¿Qué esperas? – me dijo el guarda –. ¿Nunca habías visto tu número?

– No – dije suavemente. Me temblaban las piernas. Estaba asustado, muy asustado -. Nunca he visto este número. Lo tatuaron alrededor de mi número verdadero. Soy Courtenay. De veras. Puedo demostrarlo. Le pagaré si...

Metí las manos en los bolsillos y no encontré el dinero. De pronto vi que estaba vestido con un traje Universal raro y arrugado, con manchas de comida y otras cosas.

– Bueno, paga – dijo el guarda, impaciente.

– Le pagaré más tarde – le dije –. Lléveme ante alguna autoridad y...

Un oficial de aviación, vestido elegantemente con un uniforme de la Panagra, asomó la cabeza por el estrecho corredor.

– ¿Qué pasa aquí? – le preguntó al guarda –. Las luces de la escotilla están todavía encendidas. ¿No puede conservar un poco de orden en la bodega? Ya sabe que nos podemos quejar a su compañía.

Hablaba como si yo no existiera.

– Lo siento, señor Kofler – dijo el guarda haciendo un saludo – Este hombre parece dopado. Salió y me dijo que es un jefe de publicidad y que está a bordo por error...

– ¡Mire mi número! – le grité al teniente.

Le metí el codo en las narices y el hombre arrugó la cara. El guarda me tomó de un brazo y me advirtió con un gruñido:

– No molestes a...

– Un minuto – dijo el oficial de la Panagra –. Yo me encargaré de este hombre. Es un número muy alto, compañero. ¿Qué espera probar mostrándome esto?

– Se han agregado cifras, antes y después. Mi verdadero número es 16-156-187. ¿Lo ve? ¡Los otros números son diferentes! ¡Han sido adulterados!

Reteniendo el aliento, el teniente me miró el brazo, desde muy cerca.

– Hum – dijo –. Puede ser... Venga conmigo.

El guarda corrió a abrirnos la puerta. Parecía asustado. El teniente me llevó a través de unos cuartos donde rugían los motores. Llegamos a la oficina, del tamaño de un sombrero, del comisario de la nave. El comisario era un gnomo de rasgos afilados que llevaba su uniforme de la Panagra como si fuera una bolsa.

– Muéstrele su número – me dijo el teniente. Se lo mostré –. ¿Qué se sabe de este hombre? – le preguntó luego al comisario.

El comisario metió una tarjeta en el aparato de lectura y encendió las luces de la pantalla:

–1304-9974-1416-156-187723 – leyó al fin –. Groby, William George; 26 años; soltero; hogar destruido (por abandono del padre); tercer hijo de una familia de cinco; balance mental H-H; masculinidad, 1; salud, 2,9; trabajos de clase 2 y de 1,5 durante siete años y tres meses respectivamente; educación, 9; contrato último, B. – El comisario alzó la vista y miró al oficial –. Una historia muy pobre, teniente. ¿Hay alguna razón especial para que me ocupe de este hombre?

– Pretende ser un jefe de publicidad que está aquí por error. Dice que alguien ha alterado su número. Y su lenguaje está un poco por encima de su clase.

– Ajá – dijo el comisario –. No es mucho. Hijo tercero de un hogar destruido, de muy bajo nivel. Seguramente lee sin cesar para tratar de mejorarse. Pero notará usted...

– Basta – le dije de pronto al hombrecito, ya completamente harto –. Soy Mitchell Courtenay. Puedo comprarlo y venderlo a usted sin alterar mayormente mi cuenta de gastos chicos. Estoy a cargo de la Sección Venus en la Sociedad Fowler Schocken. Quiero ir inmediatamente a Nueva York. Allí terminaremos esta farsa. Vamos. ¡Rápido! ¡Malditos sean!

El teniente me miró alarmado y tomó enseguida el teléfono; pero el comisario sonrió y se lo sacó de la mano.

– ¿Mltchell Courtenay, dice usted? – preguntó amablemente. Buscó otra tarjeta y la puso en el aparato –. Eso es – dijo, después de manipular algunos dispositivos.

El teniente y yo nos acercamos a mirar.

Era la primera página del New York Times. En la primera columna, se leía una nota necrológica sobre Mitchell Courtenay, jefe de la Sección Venus en la Sociedad Fowler Schocken. Me habían encontrado muerto en el glaciar Astromejor, no muy lejos de Pequeña América. Había estado metiendo la mano en mi equipo de energía y éste dejó de funcionar. El teniente abandonó la lectura, pero yo seguí durante un rato. Matt Runstead era el nuevo jefe de la Sección Venus. Yo era una pérdida irreparable para mi profesión. Mi mujer, la doctora Nevin, había rehusado toda entrevista. Fowler Schocken había pronunciado una brillante apología sobre mí. Yo era amigo de Jack O'Shea, el pionero del espacio, quien se había sorprendido y se había entristecido sobremanera al enterarse de las noticias.

– Compré el periódico en Ciudad del Cabo – dijo el comisario –. Meta a este hijo de perra en su sitio. ¿Quiere, teniente?

El guardia me llevó a puntapiés y a bofetadas hasta la bodega número seis, y me lanzó de un empujón a la rojiza oscuridad. Reboté en el cuerpo de alguno. Después de haber respirado el aire relativamente fresco de las oficinas, el hedor de la bodega me pareció insoportable.

– ¿Qué te ha pasado? – me preguntó el colchón humano amablemente.

– Traté de decirles quién era. – Me detuve. Así no iba a ninguna parte –. ¿Qué viene ahora?– le pregunté.

– Aterrizamos. Luego los cuarteles. El trabajo. ¿Qué clase de contrato has firmado?

– B, según me han dicho.

El hombre lanzó un silbido.

– Parece que te agarraron de veras, ¿eh?

– ¿Qué quiere decir? ¿De qué se trata?

– Oh ¿has firmado a ciegas? Malo. El contrato B dura cinco años; es para refugiados, incapaces y tontos. Vigilan hasta la conducta. Me ofrecieron el B pero les dije que si no tenían otra cosa me enrolaría en el Expreso Brinks. Conseguí un contrato F... Se ve que necesitaban trabajadores con urgencia. Es sólo por un año, y puedo comprar en almacenes que no son de la compañía: y tiene algunas otras ventajas.

Me llevé las manos a la cabeza.

– No puede ser un lugar tan malo – le dije –. Vida en el campo... cultivos... sol y aire fresco.

– Hum – dijo el hombre con cierto embarazo - . Es mejor que la industria química, me imagino. Quizá no tan bueno como las minas. Ya lo verás.

Se alejó, y yo, en vez de dedicarme a hacer planes caí en una especie de modorra.

No hubo ninguna señal de aterrizaje. Golpeamos contra el suelo, y bastante fuerte. Se abrió una compuerta y el sol enceguecedor del trópico entró la nave. Después de la oscuridad de la bodega, me lastimó los ojos. Junto con el sol no entró el aire del campo, sino una nube de aerosol desinfectante. Salí de abajo de un montón de trabajadores y me dejé llevar por la corriente hacia la puerta.

– Póngase eso, estúpido – me dijo un hombre de rostro duro que llevaba un uniforme de guardián de fábricas.

Me arrojó una placa numerada con una soga para que me la echase al cuello. Todos recibieron una, y nos alineamos junto a un mostrador fuera de la nave. Estábamos a la sombra de la plantación Clorela, una elevada estructura de ochenta pisos, una torre de ochenta canastos embutidos. En cada piso se veían varios espejos. Y alrededor del edificio se extendían algunos centenares de metros cuadrados de espejos que recogían la energía solar, la volcaban a su vez en los espejos del edificio, y luego en los tanques de fotosíntesis Desde el aire era una vista espectacular, aunque no rara. Desde abajo, era sencillamente un infierno. Yo debería estar planeando algo, pero en mi cabeza sólo bailaba esta frase: Desde las soleadas plantaciones de Costa Rica, recolectadas por las diestras manos de los orgullosos granjeros independientes, vienen las jugosas y maduras proteínas Clorela. Sí, yo era el autor de esa frase.

– ¡Vamos, muévanse! – nos gritó un guardián –. Muévanse! ¡Malditos basureros! ¡Muévanse!

Me puse una mano ante los ojos, para protegerme del sol, y avancé hacia la mesa.

Un hombre de anteojos oscuros me preguntó:

– ¿Nombre?

– Mitchell Court...

– Este es – dijo la voz del comisario.

– Muy bien, gracias. Óyeme, Groby. Los hombres que han tratado de romper un contrato B, siempre se han arrepentido. ¿Sabes a cuánto ascienden los ingresos anuales de Costa Rica?

– No – murmuré.

– A cerca de ciento ochenta y tres billones de dólares. ¿Y sabes a cuánto ascienden los impuestos que paga Clorela?

– No, maldita sea, no...

– A ciento ochenta billones de dólares. Un hombre listo como tú comprenderá en seguida que el gobierno y los jueces de Costa Rica obedecen a Clorela. Si queremos hacer un escarmiento con un trabajador que ha intentado romper su contrato, Costa Rica lo hará en nuestro nombre. Puedes estar seguro. Bien, ¿cómo te llamas, Groby?

– Groby – respondí con voz ronca.

– ¿Nombre de pila? ¿Nivel de educación? ¿Equilibrio H – H?

– No me acuerdo. Pero si me lo escribe en un papel me lo aprenderé de memoria.

Oí la risa del comisario, que decía:

– Lo hará, estoy seguro.

– Muy bien, Groby – dijo cordialmente el hombre de anteojos oscuros –. No ha pasado nada. Toma, tus datos. Aún haremos de ti un buen despellejador. Sigue caminando.

Seguí caminando. Un guardián tomó mis papeles y gritó:

– ¡Los despellejadores, por aquí!

«Por aquí» era por debajo del primer piso, a través de una luz aún más brillante, y un corredor rodeado de tanques largos y malolientes, y una puerta ubicada en el pilón central. La puerta daba a un cuarto luminoso, pero que parecía casi sombrío después de aquel sol triplicado.

– ¿Despellejador? – dijo un hombre. Parpadeé y asentí –. Yo soy Mullane. Encargado de los turnos. Quiero preguntarte algo, Groby – dijo, lanzando una mirada a mi tarjeta –. Necesitamos un despellejador en el piso cuarenta y uno, y otro en el sesenta y siete. Dormirás en el piso cuarenta y tres. ¿En donde quieres trabajar? Te advierto que los ascensores no funcionan para los despellejadores y otras gentes de la clase 2.

– En el piso cuarenta y uno – le dije, tratando de leer en su cara.

– Elección inteligente – me dijo el hombre –. Muy, pero muy inteligente. – Y allí se quedó mirándome, de pie, mientras pasaban los minutos. Al fin añadió: – Me gusta cuando un hombre inteligente se conduce de un modo inteligente.

Hubo otra pausa.

– No tengo dinero – le dije.

– No es nada – replicó. – Te prestaré algo. Firma aquí y te lo descontaremos del sueldo. Es un simple préstamo de cinco dólares.

Leí la nota y la firmé. Tuve que mirar otra vez mi tarjeta de identidad. Había olvidado mi nombre de pila. Mullane garabateó un «41» y sus iniciales en uno de mis papeles y se fue sin darme los cinco dólares. No lo seguí.

– Yo soy la señora Horrocks, la encargada de la casa – me dijo una mujer suavemente –. Bienvenido a la familia Clorela, señor Groby. Espero que pase muchos años felices con nosotros. Y ahora a trabajar. Ya le habrá dicho el señor Mullane que ubicaremos esta última conscripción de vagabundos – quiero decir este grupo de contratados – en el piso cuarenta y uno. Es mi deber cuidar que todos los alojados en un mismo dormitorio congenien entre sí. – La cara de la mujer me recordaba vagamente a una tarántula. La mujer prosiguió: – Tenemos una cama disponible en el
dormitorio siete. Son todos jóvenes agradables. Quizá le guste a usted vivir con ellos. Es muy importante vivir con los de la misma clase.

Comprendí a dónde iba y le dije que el dormitorio siete no me interesaba. La mujer continuó animadamente:

– Entonces, el dormitorio doce. Son bastante maleducados, pero los mendigos no pueden elegir, ¿no es cierto? – Les gustará ver a un hombre joven. Ya lo creo. Pero tendrá que llevar un cuchillo, o alguna otra arma. ¿Lo pongo en el dormitorio siete señor Groby?

– No – le dije –. ¿No tiene otra cosa? Ah, y a propósito, ¿no podría prestarme cinco dólares hasta el día de pago?

– Lo pondré en el dormitorio diez – dijo la mujer, escribiendo. Sí, puedo prestarle algún dinero. ¿Diez dólares? Firme y deje su impresión digital en esta nota, señor Groby. Gracias.

La mujer salió caminando en busca de otra víctima.

Un hombre gordo, de rostro sanguíneo, me tomó por el brazo y dijo roncamente:

– Compañero, bienvenido a las filas de la Unión Independiente de Obreros Panamericanos de la Industria de la Proteína. Este panfleto te explicará cómo la U.I.O.P.I.P. protege a los obreros contra los innumerables abusos y engaños que son plaga de nuestra industria. El ingreso y las cuotas son descontados automáticamente, pero este panfleto es extra.

– Compañero – le pregunté, –¿qué puede pasarme si no compro el panfleto?

– No me hago responsable – dijo el hombre, simplemente.

Me prestó cinco dólares para comprar el panfleto.

No tuve que subir por la escalera. No había ascensores para los hombres de la clase 2, pero sí una cinta sinfín de carga de la que uno podía colgarse. Era un poco peligroso saltar hasta la cinta o de ella, y el espacio libre era escaso. Sí a uno le sobresalía el trasero, lo perdía, seguro.

En el dormitorio se amontonaban sesenta camastros, en pilas de tres. Como se trabajaba únicamente durante las horas de luz, no se usaba el sistema de camas calientes. Mi cama era toda mía; gran negocio...

Cuando entré, un negro de cara avinagrada estaba barriendo perezosamente el corredor central.

– ¿Nuevo? – me preguntó, y miró mi tarjeta.

– Esa es tu cama. Yo soy Pine. Encargado del dormitorio. ¿Sabes despellejar?

– No – dije. – Dígame, señor Pine, ¿desde dónde puedo llamar por teléfono?

– Sala de juegos. – Señaló con el pulgar.

Fui a la sala. Había un teléfono, un gran aparato hipnótico, máquinas lectoras, películas y revistas. Me rechinaron los dientes al ver la resplandeciente cubierta del semanario de Tauton. El teléfono tenía una tarifa, por supuesto. Volví furioso al dormitorio.

– Señor Pine – le dije, –¿me puede prestar veinte dólares en metálico? Tengo que hacer un llamado a larga distancia.

– ¿Veinte dólares, y devuelves veinticinco? – preguntó astutamente.

– Muy bien. Como usted quiera.

El negro redactó lentamente una nota y yo la firmé e imprimí sobre ella mi impresión digital. Luego Pine sacó el dinero de sus deformes bolsillos y lo contó cuidadosamente.

Quería llamar a Kathy; pero no me atrevía. Tanto podía estar en su casa como en el hospital. Podía no encontrarla. Eché un río de monedas y marqué los quince números de la Sociedad Fowler Schocken. Esperé a que la telefonista me dijera: «Sociedad Fowler Schocken, buenas tardes. Las tardes son siempre buenas para la Sociedad Fowler Shocken y sus clientes. ¿En que puedo servirlo?»

Pero no oí eso. El teléfono dijo:

– Su número de prioridad, por favor?

Números de prioridad para llamados a larga distancia. No lo tenía. Una firma con una cuenta inferior a un billón de dólares no puede obtener un número de prioridad de menos de cuatro cifras. Las líneas de larga distancia están tan atestadas, que el número de prioridad de un simple individuo es de una longitud inimaginable.

Naturalmente, eso no me había preocupado mientras llamaba desde Fowler Schocken. El número de prioridad era un lujo al que tendría que renunciar.

Colgué lentamente. No recuperé el dinero.

Podía escribirles a todos, pensé. A Kathy, y Jack O'Shea y Fowler, y Hester, y Tildy. Llamar a todas las puertas. Querida esposa (o jefe): estas líneas son para anunciarte que tu marido (o empleado), a quien crees bien muerto no está realmente muerto sino inexplicablemente contratado en Costa Rica por Clorela. Por favor ven a buscarme. Firmado, tu amante esposo (o empleado), Mitchell Courtenay.

Pero la compañía Clorela tenía sus censores.

Volví al dormitorio con la mente vacía. Los hombres estaban entrando en la habitación.

– ¡Un novato! – gritó uno de ellos al verme.

– ¡El juez exige orden en la sala! – trompeteó otro.

No puedo acusar a esos hombres. Era una costumbre, un recurso para quebrar la monotonía del trabajo, una posibilidad de reinar sobre alguien aún más miserable que ellos, algo que todos habían experimentado alguna vez. Imagino que en el dormitorio siete hubiese sido una experiencia desagradablemente memorable, y que en el dormitorio doce hubiera dejado quizá la vida. El dormitorio diez era sólo de grandes espíritus. Pagué mi «multa» – más préstamos – y recibí mis golpes, y recité unas cuantas blasfemias y entré a ser parte del dormitorio.

No los acompañé a cenar. Me eché en mi cama y deseé estar verdaderamente muerto.


8


Despellejar no era difícil. Nos levantábamos al alba. Masticábamos como desayuno un trozo recién arrancado de la Gallina y lo tragábamos con la ayuda de un poco de Mascafé. Luego nos deslizábamos, ya en traje de faena, por la cinta sinfín hasta nuestro piso. En un mediodía radiante, que se prolongaba desde el amanecer hasta la caída del sol, caminábamos a lo largo de los tanques repletos de algas. Si uno se desplazaba lentamente, cada treinta segundos, más o menos, descubría un nuevo brote maduro, henchido de hidratos de carbono. Arrancábamos el brote de nata y lo
arrojábamos al piso central, donde se uniría a los otros brotes, o seria convertido en glucosa para alimentar a la Gallina. Los trozos arrancados a la Gallina alimentarían a su vez al mundo entero, desde la Tierra de Baffin a Pequeña América. Al fin de cada hora, bebíamos unos sorbos de agua e ingeríamos una tableta de sal. Cada dos horas descansábamos cinco minutos. A la tarde nos sacábamos los trajes y cenábamos (otras tajadas de Gallina) y a partir de entonces éramos dueños de nosotros mismos.

Se podía hablar, o leer, o entrar en trance ante una pantalla hipnótica, o ir de compras por los almacenes, o pelearse con alguien, o volverse loco pensando qué vida era ésa, o echarse a dormir.

Casi siempre nos echábamos a dormir.

Escribí un montón de cartas y traté de dormir todo lo posible.

 

El día de pago llegó sorpresivamente. Habían pasado dos semanas. Me encontré con que debía a Proteínas Clorela sólo unos ochenta dólares y unos pocos centavos. Además del dinero de los préstamos, me descontaron un tanto por ciento para el Fondo del Bienestar del Empleado (después de unas cuantas deducciones, comprendí que estaba pagando los impuestos de Clorela); la cuota de la Unión de Trabajadores; impuestos (esta vez mis impuestos); hospitalización (trate de aprovechar el beneficio, me dijeron los veteranos), y seguro a la vejez.

Sólo me consolaba, aunque débilmente, el pensar que cuando (y subrayaba la palabra cuando) saliera de aquí, comprendería a los consumidores mejor que ninguno de mis colegas. Naturalmente, en Fowler Schocken algunos de nuestros muchachos, los becados, vienen de muy abajo. Veía ahora claramente que el snobismo les impedía dar una versión real de las vidas y pensamientos del pueblo consumidor. O trataban de ocultarse a si mismos lo que habían sido en otro tiempo.

Vi en seguida que la influencia de los anuncios en el subconsciente es mayor que la imaginada por los expertos. En un principio me chocó sobremanera oír llamar a la publicidad «esa porquería». Pero comprobé en seguida que, a pesar de todo, los anuncios hacían su efecto. Las reacciones ante el proyecto Venus eran, como es natural, mi mayor preocupación. Asistí durante una semana al desarrollo de un verdadero entusiasmo. Y esos hombres nunca irían a Venus, y no conocían a nadie que pudiera ir. Todos entonaban los estribillos que había difundido Fowler Schocken:

Un jockey del espacio llamado O'Shea
amaba a una mujer de formas de carro...
Un maquinista socialmente inadaptado
preguntaba: Querida, ¿qué pasó entre nosotros?

Todos tenían el mismo velado mensaje: el clima de Venus acrecentaba la potencia masculina. Siempre he dicho que la subsección de Costumbres Populares, dirigida por Ben Winston, es uno de los grupos más inteligentes de la Sociedad Fowler Schocken. Sus acertijos son particularmente notables. Por ejemplo: «¿Por qué llaman a Venus la estrella de luto?» Bueno, no tiene mucha gracia así escrito; pero el retruécano es humor básico y el móvil básico de la conducta humana es el sexo. ¿Y qué hay de más importante en la vida que encauzar los profundos torrentes de las emociones humanas? (No estoy disculpando a esos renegados que hablan a la ligera de un «instinto de la muerte» en el que quieren apoyar sus ventas. Dejo esas cosas a los Tauton de nuestra profesión. Es algo sucio e inmoral. No quiero ni pensar en eso. Además, y desde otro punto de vista, atrae a muy pocos clientes.)

Pues es indudable que un anuncio comercial dirigido a las fuentes primigenias del espíritu humano no sólo ayuda a vender; fortifica esas mismas fuentes, las ayuda a salir a la superficie, les da forma y contenido. Y así aseguramos el crecimiento periódico de los consumidores, base esencial de la expansión.

Clorela, como me agradó comprobar, no descuida a sus trabajadores, en lo que a esto se refiere. La dieta encierra una adecuada proporción de hormonas, y en el piso 50 se ha instalado un espléndido dormitorio de recreo, de más de mil camas. La compañía sólo exige que los niños nacidos en la plantación comiencen a trabajar para Clorela al cumplir los diez años, si en ese entonces alguno de los padres trabaja todavía en el edificio.

Pero yo no tenía tiempo para ir al dormitorio de recreo. Me pasaba las horas estudiando los hilos del asunto, el ambiente, y esperando que se me presentara una oportunidad. Si la oportunidad no llegaba, me fabricaría una. Pero antes tenía que estudiar y aprender.

Mientras tanto, vigilaba atentamente los resultados de la campaña Venus. Todo marchó muy bien... durante algunas semanas. Los estribillos, los cuentos de las revistas, las alegres canciones estaban produciendo su efecto.

De pronto algo dejó de funcionar.

Hubo un descenso. Tardé un día en darme cuenta, y una semana en aceptar su realidad. En las conversaciones dejó de oírse la palabra «Venus»; cuando alguien hablaba de los cohetes del espacio, se refería también a «radiaciones venenosas», «impuestos», «sacrificio». Comenzaron a circular chistes peligrosos: «¿Has oído el del borracho que no pudo salir de su escafandra de oxígeno?»

Era difícil reconocer qué pasaba. Y Fowler Schocken, al hojear los resúmenes de los sumarios abreviados de los informes sobre los cuadros sinópticos de los diagramas del desarrollo del Proyecto Venus, no tendría motivos para dudar de sus subalternos. Pero yo conocía ese proyecto y sabía lo que estaba pasando.

Matt Runstead era ahora el jefe.

El aristócrata del dormitorio diez se llamaba Herrera. Después de haber pasado diez años en Clorela había ascendido – topográficamente había descendido – a ser capataz de cortadores. Su puesto estaba en el sótano fresco y espacioso donde crecía la Gallina. Herrera y sus operarios la cortaban en trozos. Su herramienta era algo así como una guadaña de mango doble con la que seccionaba grandes lonjas de tejido. Sus anónimos ayudantes se encargaban de pesar las lonjas, darles forma, sazonarlas, empaquetarlas y cargar con ellas hasta las bodegas de las naves.

Herrera no era sólo un productor, era también una válvula de seguridad. La Gallina crecía y crecía, desde hacía varias décadas. En un principio sólo había sido un trozo de tejido central. Luego se había desarrollado, añadiéndose a sí misma otras capas de células similares. Estas capas sometidas a la presión de los tejidos centrales se rompían a veces durante el proceso de crecimiento. La Gallina vivía encerrada en una bóveda de hormigón, y de Herrera dependía que la carne se conservase redonda y fresca, que la vejez no endureciese ninguno de sus brotes, y que no se descuidase alguno de sus lados, por atender exclusivamente a otro.

A esta responsabilidad acompañaba un salario adecuado, y sin embargo Herrera se conservaba soltero y no vivía en las habitaciones privadas de los pisos altos. De cuando en cuando hacía algún viaje que motivaba algunos obscenos comentarios mientras se encontraba ausente, y a los que nadie se refería sin una cortés discreción cuando estaba de vuelta. Herrera no se desprendía nunca de su herramienta de trabajo, y a menudo se lo podía ver afilando sus bordes con una piedra. Yo tenía que intimar con él. Era un hombre rico – tenía que tener dinero después de diez años de trabajo – y yo necesitaba ese dinero.

El verdadero alcance de los contratos B era clarísimo. Uno siempre estaba endeudado. Los créditos abundaban, y había que recurrir a ellos. Si en cada semana yo quedaba debiendo diez dólares, al terminar mi contrato mi deuda con Clorela sería de mil cien dólares. Tendría que seguir trabajando para pagar esa suma. Y junto con mi trabajo, aumentaría mi deuda.

Para salir de la compañía necesitaba el dinero de Herrera. Sólo así podría volver a Nueva York, y a Kathy, mi mujer, y al proyecto Venus, mi empleo. Runstead estaba haciendo cosas que no me gustaban. Y sabe Dios lo que haría Kathy al creerse viuda.

Trataba, sobre todo, de no pensar en Kathy y O'Shea. El hombrecito, despreciado antes por todas las mujeres, estaba vengándose a su gusto. Hasta los veinticinco años había sido un enano risible de treinta kilos. Con el grotesco aditamento de que se había empeñado en ser un piloto. A los veintiséis, se encontró convertido en la celebridad mundial número uno: el primer hombre que había regresado de Venus. Un inmortal aún casi adolescente. Había sonado la hora de las conquistas femeninas. Corría la voz de que sus giras eran, en ese sentido, todo un récord. Una historia poco agradable. Su admiración por Kathy, y viceversa, me daban mala espina.

Y así pasaban los días: madrugones, desayunos, ropas de faena, descenso por la cinta, despellejar y aguantar, comer, y luego la sala de recreo, y a veces, si podía, unas frases con Herrera.

– Buen filo el de esa hoja, jefe. La gente se divide en dos: los que no cuidan sus herramientas, y los inteligentes.

Los ojos aztecas de Herrera me miraron con desconfianza.

– Hay que hacer bien las cosas. Eres nuevo, ¿no es cierto?

– Sí. Nunca trabajé en Clorela. ¿Conviene quedarse?

No se dio cuenta.

– Tienes que quedarte. Hay un contrato – dijo, y se volvió hacia las revistas.

Al otro día:

– Hola, jefe. ¿Cansado?

– Hola, George. Si, un poco. Diez horas manejando esto. Se cansan los brazos.

– Me imagino. Despellejar es más fácil, pero no se necesita tener cerebro.

– Bueno, quizá algún día te asciendan. Voy a ponerme en trance.

Y otro día:

– Hola, George. ¿Cómo va eso?

– No puedo quejarme, jefe. Por lo menos me estoy tostando.

– De veras. Pronto estarás tan negro como yo. ¡Ja, ja! ¿Te gustaría eso?

– ¿Por qué no, amigo?

– Eh, tú hablas español. ¿Cuándo aprendiste la lengua?

– No tan rápido. Sólo unas palabras. Ojalá supiera más. Cuando pueda juntar unos dólares me iré al pueblo a ver a las chicas.

– ¡Oh! Todas hablan inglés. O algo parecido. Si consiguieras alguna amiga sería bueno que le hablaras en español. A ella le gustaría. Pero casi todas saben decir «dame, dame» en inglés, y hasta te pueden recitar un poemita sobre lo que se puede obtener con un dólar. ¡Ja, ja!

Y otro día, otro día asombroso:

Me habían vuelto a pagar, y mi deuda había aumentado en ocho dólares. Me atormentaba a mi mismo preguntándome a dónde iba a parar ese dinero, aunque yo lo sabía muy bien. Salía deshidratado del trabajo, como lo esperaba la compañía. Marcaba entonces mi combinación en la fuente y obtenía un chorro de Gaseosa; veinticinco centavos que volaban de mi sueldo. Como el chorro era escaso pedía otro; cincuenta centavos. La cena era insulsa, como siempre, y yo no podía pasar más de dos mordiscos de Gallina. Enseguida sentía hambre y me iba a la cantina donde me daban a crédito algunas Crocantes: las Crocantes me secaban la garganta y tenía que volver a la Gaseosa. Y la Gaseosa me daba ganas de fumar. Fumaba un Astro. El Astro me daba ganas de comer. Comía otra Crocante... ¿Había pensado en todo esto Fowler Schocken cuando organizó Astromejor Verdadero, el primer trust esférico? ¿De la Gaseosa a las Crocantes, de las Crocantes a los Astro, de los Astro a la Gaseosa?

Y el dinero adelantado se pagaba con un interés del seis por ciento.

Tenía que ser en seguida. Si no me iba en seguida no me iría nunca. Mi sentido de la iniciativa, la cualidad que me había llevado a ser lo que era, estaba agonizando poco a poco. Las dosis mínimas de alcaloides me paralizaban la voluntad, pero peor aún era esa sensación de impotencia y desesperanza. Pensaba ya que así era el mundo, que nunca cambiaría, que al fin y al cabo esto no era tan terrible, que uno siempre podía entrar en trance ante una hermosa pantalla o emborracharse con Gaseosa, o probar una de esas cápsulas verdes que pasaban de mano en mano con diversas consignas.

Los muchachos esperarían con agrado el día de cobro.

Tenía que ser en seguida.

– ¿Como estás, Gustavo?

Herrera se sentó, obsequiándome con su sonrisa azteca.

– ¿Cómo estás, amigo Jorge? ¿Fumas? – Extendió su paquete de cigarrillos.

Eran Boquillas Verdes.

– No, gracias, fumo Astro. Tienen mejor gusto – dije en forma automática. Y automáticamente prendí uno, por supuesto.

Me estaba convirtiendo en el consumidor ideal. Ganas de fumar; ganas de fumar un Astro, encender un Astro. Ganas de beber; ganas de beber Gaseosa, tomar un chorro de Gaseosa. Ganas de comer; ganas de comer Crocantes, comprar una caja. Ganas de fumar; encender otro Astro. Y repetir en cada etapa las alabanzas que le han metido a uno por los ojos, las orejas y todos los poros del cuerpo.

– Fumo Astros, los de mejor gusto; bebo Gaseosa, la más refrescante; como Crocantes, la más deliciosa; fumo Astros...

– No parece que estuvieras muy contento – me dijo Herrera.

– No lo estoy, amigo – le dije. Era el momento.

– Me encuentro en una situación rara – añadí, y esperé su reacción.

 

– Ya me parecía que algo andaba mal. Un hombre inteligente como tú, un hombre que ha viajado. ¿Puedo ayudarte?

Magnífico, magnífico.

– No perderás nada, Gus. Te lo aseguro. Correrás el riesgo, pero no perderás nada. La historia es más o menos ésta...

– ¡Chist! ¡No aquí! – me susurró Herrera. Y añadió en voz baja –: Siempre es un riesgo. Pero vale la pena correrlo cuando un joven listo se da cuenta y se decide a actuar. Algún día cometeré un error, seguro. Me agarrarán, me harán pedazos, quizá. Qué demonios, me río de ellos. He hecho mi parte. Toma. No tengo que decirte que tengas cuidado. No lo abras en cualquier sitio.

Me dio la mano y sentí que un rollo se adhería a mi palma. Enseguida se dirigió hacia la pantalla hipnótica, marcó un número para una media hora de trance y se dejó ir con el resto de los espectadores.

Entré en los baños y apreté los botones que me permitían quedarme diez minutos en una casilla, y allá se fue otro poco de mi sueldo.

El rollo que tenía en la mano se abrió convirtiéndose en una hoja de papel de seda que decía:


Una vida en sus manos.

Esta es la hoja número uno de la Asociación Conservacionista Mundial, conocida vulgarmente como «los consistas». Le ha sido entregada por un miembro de la A. C. M. quien ha creído a) que usted es inteligente; b) que está preocupado por el estado actual del mundo; c) que seria una figura de provecho en nuestras filas. La vida de este miembro está ahora en sus manos. Le rogamos que no tome usted ninguna decisión antes de leer lo que sigue:

Verdades acerca de la A.C.M.

(...)



Paz Digital, 25-11-2007
 

 

Comentario[s]
Chapeau
Escrito por Usuario no registrado el 26/11/2007 14:21:20
Chapeau, Vance. A tu más puro estilo. Se te quiere desde los viejos tiempos en LD. 
Saludos cordiales en la hora cero.




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