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Teníamos que perder. Prólogo: Orígenes de este libro. La Guerra Civil contada por un anarquista Imprimir E-Mail
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viernes, 28 de diciembre de 2007

Recuperación de la Memoria Histórica. "Teníamos que perder". Por J. García Pradas, protagonista de primera fila en la contienda. PRÓLOGO: ORÍGENES DE ESTE LIBRO. Texto íntegro en html.

 

 

Paz Digital, 2007

 

"Teníamos que perder"

Por J. García Pradas

PRÓLOGO

ORÍGENES DE ESTE LIBRO

Salí de España el 30 de marzo de 1939, por el puerto de Gandía, después de caer Madrid y Valencia en poder del fascismo y cuando ya se había retirado de todos los frentes el Ejército Popular. Estuve allí, pues, hasta que se acabó la guerra. Más puedo decir, y esto, con orgullo: que permanecí en Madrid, cara a todos los peligros de la heroica capital de la República, desde el principio al fin de la contienda. Durante el último mes de lucha, intervine en los importantes acontecimientos desarrollados allí, y al expatriarme adopté el propósito de no escribir ni una palabra acerca de lo ocurrido; mas, en París y en Londres, leyendo periódicos de diversos países y recibiendo cartas de compañeros antifascistas, he tenido ocasión de ver que habla y escribe sobre la terminación de la guerra de España todo aquel que desconoce cómo ocurrió, que quienes merecen ser acusados de traición se están convirtiendo en acusadores, que algunos compañeros entienden nuestro silencio como imposibilidad de réplica a las calumnias, y, en fin, que se atreven hoy a pedirnos responsabilidades por haber terminado la guerra en marzo quienes ya la dieron por extinguida en las últimas jornadas del mes de enero.

Tan insufrible es todo eso que, quiera o no quiera yo, me obliga a tomar la pluma, no sólo para defender mi dignidad personal, sino también para exaltar la del Movimiento en que milito y, sobre todo, para exigir respeto hacia aquellos millares de antifascistas que, por permanecer en su puesto de combate o de trabajo hasta el último día, por no haber querido salir de España cuando huían los cobardes que ahora alardean de heroísmo, se han quedado en Alicante o en cualquier otro lugar de lo que fue zona republicana, donde muchos son o serán fusilados, si no mueren matando o se suicidan, al hallar su paradero los fascistas. 

¡Cállense, pues, esos cobardes calumniadores! No acusa quien quiere, sino quien puede; y precisamente porque, además de poder, debo acusar, tomo ahora la pluma para decir verazmente, no lo que a mí me han contado, sino lo que hice o vi hacer en el más triste período de nuestra guerra civil.


Fue en mayo de 1939 cuando escribí los párrafos precedentes, con que empecé a publicar en Cultura Proletaria, semanario anarquista de Nueva York, un reportaje al que yo, físicamente extenuado por la lucha, cuyo mero recuerdo volvía locos hasta a recios compañeros junto a mí, quería dar una extensión no superior a sesenta páginas. Mas, desde que hice el primer envío al semanario neoyorquino, su director se entusiasmó con el tema y aun conmigo. Con el tema, se explica, por su importancia, por el misterio que le envolvía, por las disputas que ocasionaba, por los intereses ideológicos, políticos y humanos tan vinculados a él; conmigo, no sé por qué, quizá porque el director, llegado a la ancianidad en su remoto destierro, veía en mi juventud, tan maltrecha ya, pero apasionada aún, algo de la que añoraba, o acaso porque, siendo uno de los muchos anarquistas que censuraron desde lejos los errores cometidos en España por quienes tuvimos que someter nuestros más altos anhelos libertarios a las más bajas necesidades de una guerra sin cuartel, creyó llegado el momento de probar con mis palabras sus precedentes reproches...

No fue cuestión de afinidad anarquista ni concordancia entre compañeros, aunque yo, a fuer de indignado con las actitudes de otros, le diera pie para creerlo. Por entonces, muchos que lo eran —si bien un tanto a su modo— se apartaban de uno cual si temieran responder de hechos que a ciegas aplaudieron, con los que un día se honraron presumiendo de ser sus instigadores, pero poco después, al condenarlos la más turbia propaganda, irrebatible para ellos por venir de quien les daba las lentejas de Esaú, no sólo se proclamaron exentos de toda culpa, sino que encima, olvidados de fe y solidaridad elementales entre nosotros, aun del honor que el Movimiento tenía en tela de juicio, para que no se les reprochara su aparente adhesión a los culpables se opusieron por todo medio a su alcance —cuantos el mismo Movimiento tenía fuera de España— a que se explicasen los falsamente inculpados.

Yo era uno de éstos, y cuando, por acuerdo colectivo de otros, recurrí a quienes tenían el deber de publicar el relato —hecho por mí, pero al servicio de nuestra causa común, por ella misma dictado— de cómo acabó la guerra, mi apelación se hizo toque de rebato para ellos, que se aprestaron a impedir la aparición de mis “peligrosas indiscreciones”, por si daban al traste con el rey de oros a quien seguían, a quien aún le llevaban el tren del manto, la larga cola de su responsabilidad, esperando la ocasión de recoger en el fango las lentejuelas que perdiera... Acaso por el deseo de darles su merecido se entusiasmó con mi reportaje el director de Cultura Proletaria, que, sin conocerme, tuvo confianza en mí y, sobre abrirme las páginas del remoto semanario, me instó a prolongar el texto, hasta darle una amplitud tres veces mayor que la proyectada.

Semana tras semana, el periódico fue publicando mis cuartillas, y, al ir pasando los meses, el éxito que tenían aconsejó recogerlas en un libro, que, por haber de salir poco después de escandalizar al mundo el Pacto Nazi- Soviético, llevó el título de La traición de Stalin, sobre el de Cómo terminó la guerra de España, con que fue apareciendo el reportaje. Mientras tanto, otro semanario anarquista, La Obra, de Buenos Aires, empezó a reproducirlo capítulo tras capítulo, y la Federación Anarco-Comunista Argentina decidió publicarlo después en un volumen. Por otra parte, mi compañero y amigo Rudolf Berner, que durante la guerra trabajó con nosotros en Madrid, lo tradujo al sueco, y la editorial de la S. A. C. lo lanzó en Estocolmo, pero con el título equivalente a ¡Rusia nos traicionó!; lo cual sirvió de pretexto para que la célebre Kollontay, embajadora entonces de la U.R.S.S. en Suecia, presentase una queja diplomática, tan temible a la sazón, que hubo que recoger oficialmente la tirada, sin perjuicio de ir vendiendo a hurtadillas la mayor parte de ella. Así es que, a los seis meses escasos de terminar yo la obra, se han hecho tres ediciones de ella, y aquí está la cuarta, dedicada, como todas las demás, a un pueblo crucificado en traiciones sobre el calvario de su heroísmo.


Al pie de estos otros párrafos escribí: “Maidstone, Kent, enero de 1940”. En conjunto, lo transcrito hasta ahora iba a ser el prólogo de la edición francesa que querían lanzar amigos míos refugiados en París, para la cual doblé el texto original recurriendo a mis recuerdos, a los de otros compañeros y a datos fidedignos, aunque poco abundantes, que habían aparecido en el período intermedio. Pero el hombre propone... Efectuada la movilización militar en Francia, las imprentas se encontraban con tal escasez de obreros, que resultaba difícil hacer cualquier edición, y la incertidumbre creada por la guerra aun en su primer período, que fue de amago, más bien que de ataque, embargó el ánimo de todos los editores, frustrándose así el proyecto. Y aquello mismo fue causa de que yo, con más tiempo, sin otras tareas que escribir cartas y artículos, volviera a ocuparme del mismo tema, mas no ya como mero narrador de cuanto vi en el último mes de la contienda.

Parecióme, al releer el texto para extranjeros, que les sería difícil entenderlo, por muchas notas explicativas que le pusiera al pie de sus páginas, pues para comprender los hechos narrados, y más aún los móviles de quienes en ellos intervinimos, era indispensable tener en cuenta sus precedentes, conocer el carácter de la guerra civil, saber cómo se había desarrollado desde el comienzo al final. Y esa noción me dio el anhelo de hacer la historia del conflicto. Mas, como tuve que admitir en pugna con mi entusiasmo, yo, sin archivos, sin dinero, sin salud, no podía lanzarme a tal aventura entonces; nadie, quizá, podría hacer tal historia hasta que pasasen algunos años. Todos tendríamos que esperar; y yo, en la incertidumbre de mi vida, quizá renunciar en absoluto al empeño. No obstante, el texto ampliado, que como documento sobre la guerra civil habría de adquirir más interés y valor con el transcurso del tiempo, seguía exigiéndome alguna introducción  —si no ya para extranjeros, quizá para españoles por venir o por llegar a la madurez—, y la copiosa correspondencia que mantenía me recalcaba también, a diario, la necesidad de hacer luz sobre el conflicto para que se viera bien cómo y por qué terminó.

Como a eso vino a sumarse la necesidad de dar algunas conferencias acerca de él, tendí a resolver el problema con unos cuantos ensayos sobre las fuerzas participantes en la contienda, y el mismo furor de ella, que aún me ardía en cabeza y corazón, me hizo escribir demasiado: no ya un largo prólogo para el reportaje inicial, sino dos extensos libros, cada cual respecto a un bando de la lucha; lucha que en la Prensa de los vencedores pareció continuar sin tregua alguna durante el Año de la Victoria, dándome así, en sólo seis meses, tanta leña, que me cansé de cebar la hoguera cuando aún se encontraba a todo arder... Hasta lo concerniente a nuestro campo fue excesivo, y he llegado a convencerme de que su primera parte sobre los mayores Partidos republicanos, resulta ya innecesaria; pues, como es notorio que Azaña y Martínez Barrio, tras haber contribuido enormemente al fracaso social de la República, se desvivieron por pactar con los alzados en armas contra ella, huelga recordar detalles que, aun sin ser tan elocuentes como los de La velada en Benicarló, sólo podrían contribuir a confirmarles la fama con que han pasado a la historia... En consecuencia, aunque por amor a lo propio no destruyo unas cien páginas de texto, sigo dejándolas inéditas.

Lo que aquí ofrezco es una serie de ensayos híbridos —narrativos a la vez que ideológicos o críticos— sobre los principales causantes de la derrota antifascista, y en ellos recojo la información con que Krivitsky, Araquistáin, Largo Caballero, Prieto y el mismo Negrín revelaron tardíamente al mundo lo esencial de muchos males que durante la guerra civil tuvimos que sufrir sin saber realmente en qué consistían, cómo nos baldaban, cuáles eran sus causas y propósitos, o sin tener la oportunidad de denunciarlos a tiempo, de atacarlos cuando era menester. Tal información, de enorme interés entonces, en los primeros quince meses siguientes a nuestra lucha, ya no tiene tanto; pues, aunque intrínsecamente lo conserva, sólo se cuenta en el enorme acervo de la que luego ha venido a corroborarla, no a desmentirla. De ahí que, como en esa información y en mis propias observaciones durante la guerra basé mis juicios, tenga la impresión de que estos ensayos siguen siendo válidos, especialmente para una nueva generación de españoles que, aunque mucho ha podido leer sobre el conflicto, raramente habrá tenido la ocasión de juzgarlo desde mi punto de vista, que fue el de muchos, o conocerlo siquiera.

Escrito en trágicos tiempos, en penosas circunstancias personales, este libro es parcial y apasionado —aunque no tanto ahora, puesto en limpio, como lo fue en su borrón original—, por ser un acto de guerra el escribirlo. Tan harto de comunistas salí de España, tan criminal partidismo desplegaron hasta en los campos de concentración, con tal descoco elogiaron el Pacto Nazi-Soviético, tan dispuestos se mostraron a hacer el Judas por doquier, y tal turbión de calumnias seguían lanzando contra nosotros —los libertarios en general, y especialmente quienes les deshicimos en Madrid—, que hube de ser duro con ellos. Pero ahora, al cabo de tantos años —dirá algún lector ingenuo—, no hay por qué ni para qué...

Discrepo. Porque los comunistas salieron de la Segunda Guerra Mundial poco menos que ungidos por la necia propaganda de Occidente, porque siguen siendo lo que siempre fueron —sobre todo, al fingir lo que no son—, es posible comprender el desarrollo de nuestra guerra civil sin darse cuenta de lo que hicieron en ella, y porque toda acusación que se les lanza en esta obra, justa aun siendo parcial y apasionada, tiene ya el refrendo de sus apóstatas: Enrique Castro, Jesús Hernández, el Campesino, etc. Si uno de ellos, Hernández, escribiendo en Moscú cuando yo escribía en Londres, pudo hacerme chantajista periodístico, al par que niño prodigio, a la temprana edad de entre cuatro y ocho años —durante la Primera Guerra Mundial—, nadie dirá que me excedo echando en cara a los comunistas lo que ellos proclaman al hallar la libertad…

Naturalmente, al juzgar a los comunistas y a otros muchos que les hicieron el juego, revelo mi criterio, mis ideas, tan coincidentes entonces con las de todo el Movimiento Libertario. Pero ahora no planteo el caso de si obramos bien o mal, de si acertamos o erramos al juzgar la situación, de si es válido o no lo es lo que entonces nos dictaron ideales e intereses, pasiones y sentimientos, temores y aspiraciones o las mismas circunstancias; lo que planteo es nuestro modo de sentir y de pensar, nuestra manera de ser, como parte del conflicto, como factor operante en él, para que el lector, por su propia cuenta, sin atenerse a nuestro criterio, la juzgue a su entender. No se halle un brindis ni un reto en mis comentarios, pues con ellos me limito a dar fe de lo que fuimos; tómense tan sólo por lo que son: testimonios, realidades en activo, móviles de combatientes, factores de lo que fue. Por eso no los actualizo, no los pongo al día, sino que, enmendándolos lo menos posible, y aun renunciando a enriquecerlos con datos aparecidos posteriormente, los dejo como quedaron a mediados de 1940.

Y, si el texto es político porque a lo público se refiere, ya me doy cuenta de que, a menudo, tiene carácter personal, aunque no anecdótico. ¡Por fuerza! Tan de lleno intervine en la contienda, que a nada de ella, ni siquiera a lo ignorado por mí entonces, me pude sentir ajeno; tan al dictado de mi conciencia estuve siempre en la guerra, que no podría entender ésta sin acordarme de aquélla. Pero, a la vez, tanta semejanza tuve con otros jóvenes de mi tiempo, con otros hombres de mi tendencia, que creí verme espejado en muchos, como algunos creerán ver su propia imagen en mí, y así, al hablar de lo público, mi personal modo de hacerlo es típico y colectivo, más bien que raro y particular, aun en estos ensayos conducentes al reportaje sobre el final de la guerra, que dejo archivado aún.

Desde luego, al acabar el año 73, no ve uno todas las cosas como las vio en el 40. Yo, sin llegar a decir que “fui loco y ya soy cuerdo”, confieso, y no por vez primera, que en ciertos nidos de antaño no tengo pájaros hogaño... Tiempo hace que se me fue el de la fe en la revolución, si ésta es entendida como se suele entender desde los tiempos de Danton y Marat, de Robespierre y Saint Just, quienes, en vez de lograr con ella libertad, igualdad y fraternidad, engendraron el Estado terrorista. La violencia política, que innegablemente es la violación del derecho ajeno por la fuerza de la ley o por la ley de la fuerza, bien puede ser revolucionaria, siendo a la vez regresiva en su aparente progreso, y a menudo será también anárquica, pero jamás anarquista, pues el anarquismo puro, el único practicable, sin sofismas que lo nieguen, sin crímenes que lo maten, es la oposición a ella, venga de donde viniere. Y eso fue causa de que, en 1951, fracasado mi empeño de reorientar su gran anhelo renovador, me apartase, con angustia, del Movimiento Libertario, que, a mi ver, sólo tiene un error grave, pero, ¡ay!, se niega a salir de él, pese a que un gran anarquista le brindó por lema y definición esta clave de la vida: Somos un error que aspira a rectificarse...

Finalmente, aun arriesgándome a que esto se tome por petulancia, por algo peor quizá, yo no puedo enviar un libro a España, tras tantos años de ausencia, sin expresar en él el deseo de una firme paz civil que ampare a todos los españoles.

J. GARCÍA PRADAS

Londres, Navidad, 1973.

 

Paz Digital, 2007

 

LAS CLAVES. Recuperación de la Memoria Histórica. Teníamos que perder. Por J. García Pradas. La Guerra Civil contada por un anarquista, protagonista de primera fila . PUBLICÁNDOSE

 

Recuperación de la Memoria Histórica. Causa General. La Dominación Roja Española.  PUBLICADA

 

Todas LAS CLAVES de Paz Digital


 

 

 

 

 

Comentario[s]
Agradecimiento
Escrito por Usuario no registrado el 28/12/2007 23:37:50
Mi agradecimiento una vez mas a pd por darnos tantísimo. Llevo años y años buscando este libro. Gracias  
 

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