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Recuperación de la Memoria Histórica. "Teníamos que perder". Por J. García Pradas, protagonista de primera fila en la contienda. PRIMERA PARTE. I. LA TIMOCRACIA MARXISTA. EN ESPERA DE OCASIÓN. Texto íntegro en html.
"Teníamos que perder" Primera Parte I. LA TIMOCRACIA MARXISTA. EN ESPERA DE OCASIÓN Por J. García Pradas Paz Digital, 2007.- A las dos semanas de terminar nuestra guerra, en el Saturday Evening Post, de Filadelfia, apareció la primera parte de una interesante declaración sobre la política del Kremlin en cuanto a ella. La firmaba el general ruso Krivitsky, que había sido jefe del servicio secreto de Stalin en la Europa occidental, director del Instituto de la Industria de Guerra, allá en la U. R. S. S., y otras muchas cosas por el estilo. Desde el año 33 al 37, en que huyó del paraíso proletario para eludir la “depuración” del Partido y del Ejército, desempeñó cargos de gran importancia para conocer los planes secretos de Moscú sobre política exterior, y gracias a eso intervino, del modo más destacado, en la organización de la ayuda rusa a la República española. De su primera declaración, pronto ampliada hasta formar un libro (In Stalin’s secret service, W. G. Krivitsky, Ed. Harper Brothers, Nueva York, 1939, que al mismo autor le costaría la vida), tomo lo más importante: “La historia de la intervención soviética en España sigue siendo el misterio principal del gran drama español. El mundo sabe que hubo una intervención soviética en España, pero eso es todo cuanto sabe. Ignora por qué vino Stalin…, cómo dirigió sus operaciones, quiénes eran los hombres que tenía detrás de la cortina, y qué sacó de la aventura española. Yo soy el único superviviente, en el extranjero, del grupo de agentes y funcionarios soviéticos que han participado directamente en la organización de la intervención soviética en España. Y ahora soy el único que puede poner al descubierto ese dramático capítulo de la historia contemporánea. Como jefe del espionaje militar soviético en la Europa occidental, estuve al corriente de toda importante tentativa hecha por el Kremlin en el terreno internacional, y tuve en la mano las principales palancas de mando de la política exterior de Stalin, en la que fue parte esencial el acontecimiento español.” “Si el Estado ruso se inmiscuyó en los asuntos de España, no fue por accidente. Desde la subida de Hitler al Poder en 1933, la política exterior de Stalin ha sido una política de zozobra, dirigida por el miedo al aislamiento. Prisionero entre la creciente amenaza del Japón al Este y la alemana al Oeste, Stalin se puso a buscar una fuerte alianza entre las grandes Potencias. Todos sus esfuerzos para entenderse con Hitler fueron tan atrevidos como inútiles. Visto lo cual, intentó reconstruir el antiguo pacto del Zar con Francia, pero no pudo obtener la total alianza militar que iba buscando. Sus intentos de estrechar la mano de la Gran Bretaña tuvieron todavía menos éxito…” “En su busca de seguridad, Stalin volvió los ojos a España poco después de empezar el movimiento de Franco. Puso cara de interés, como hace siempre, y luego se quedó a la expectativa, durante un período de discreta exploración. Deseaba, en efecto, estar seguro de que la victoria de Franco no sería rápida ni fácil. Luego intervino en España con la intención de hacer de ella un vasallo del Kremlin; tal vasallo, que por una parte tendría lazos con París y Londres; por otra, cierta actitud de regateo –cotizable- con Berlín y Roma. Una vez en posesión del Gobierno de España, nación de vital importancia estratégica para Francia e Inglaterra, su política encontraría, al fin, la seguridad que él buscaba, y obteniendo una fuerza con la que habría que contar, se haría solicitar más como aliado.” “Pero Stalin, a diferencia [parcial] de Mussolini, hizo su propio juego en España. La intervención soviética podría haber sido decisiva en ciertos trances si Stalin hubiera corrido con los republicanos el riesgo que Mussolini corrió con Franco. Pero no quiso arriesgar nada. Llegó hasta a asegurarse de que en el Banco de España había oro suficiente para cubrir más que con largueza el coste de su ayuda en material. Stalin no se arriesgó en ningún momento a complicar a la Unión Soviética en una gran guerra. Se lanzó a la intervención con esta consigna [para sus agentes]: “¡Fuera del fuego de artillería!”. Esa consigna fue nuestra pauta durante toda la campaña de intervención”. Bien revelan esos párrafos —especialmente, a los antifascistas españoles, permitiéndonos ahora comprender lo que apenas veíamos entonces, cuando estábamos sufriéndolo— que la intervención de Stalin en España no tuvo el propósito de auxiliar a un Gobierno maniatado por el entremetimiento de la No Intervención —hipócrita treta con que Chamberlain tendió a instaurar una nueva monarquía... gibraltareña en nuestro país—, ni el de defender a un pueblo que, según su lisonja, era vanguardia de la Humanidad avanzada y progresiva; no, su propósito no fue asegurar la libertad y la independencia de una nación, ni mucho menos ayudar a una revolución proletaria, sino tomar posiciones estratégicas, puntos de apoyo para las palancas de su política exterior. Y aun eso, sin riesgo alguno, con visión de negociante, para luego vender la presa al mejor postor: bien Francia-Inglaterra, a trueque de una alianza militar contra Hitler, bien Italia-Alemania, para que, a cambio de tal pacto con el imperialismo totalitario, el mismo Hitler se lanzase contra las democracias occidentales, no contra Rusia, que luego, cuando estuviera maltrecho, podría revolverse contra él. Expuestos los objetivos de “la campaña de intervención”, veamos cómo se preparó. Dice Krivitsky que, el 19 de julio de 1936, se hallaba él, como jefe del espionaje soviético sobre la Europa occidental, en su cuartel general de La Haya, donde vivía con su mujer y su hijo, haciéndose pasar por un anticuario austríaco; y que casi toda su actividad versaba sobre Alemania, porque Stalin, fallidos sus intentos de entenderse con Hitler, andaba muy temeroso del pacto germano-italo-nipón, que entonces se estaba negociando en Berlín. Añade que, al empezar nuestra guerra, mandó un agente a Hendaya y otro a Lisboa, para organizar la información en ambos campos, haciéndolo por hábito del oficio, pues ni había recibido instrucciones para hacerlo ni tenía contacto —por medio de sus agentes— con el Gobierno de la República. Tampoco recibió instrucción alguna respecto a España cuando informó al Kremlin de que, según sus agentes en Berlín, Roma, Hamburgo, Génova, Nápoles y Bremen, Italia y Alemania prestaban ya gran ayuda a Franco. Pero agrega: “Solamente el Comintern [en puridad, la Comintern, pues se trata de la Internacional Comunista] rompió el silencio de Moscú. El cuartel general del Comintern estaba arrinconado desde hacía largo tiempo, y sus manifestaciones carecían de importancia en nuestros conciliábulos secretos. El mismo Stalin había dicho que el Comintern era “la quinta rueda de la carroza”, y así era llamado en los altos círculos soviéticos. Tras haber sido, ante los ojos de las masas, la antorcha de la revolución, el Comintern vino a ser un departamento más o menos útil de la política exterior de Stalin. Según su conveniencia, podía utilizarlo en no importa qué país, para provocar disturbios y crear dificultades a un Gobierno hostil o para influir en la opinión pública sobre algún asunto internacional”. Aunque ningún misterio revela, la indicación es interesante, viniendo a corroborar lo que he dicho anteriormente. Los bolcheviques crearon la Tercera Internacional para recoger la emotiva herencia que la Primera dejó entre el proletariado, y en apariencia lo hicieron con el fin de dar valor práctico al grito de “Trabajadores de todos los países, ¡uníos!”, para que así, unidos, su solidaridad internacional, superior al patriotismo nacionalista con que suelen enfrentarles los Estados, les permitiera redimirse; pero el auténtico propósito fue hacer de la Tercera Internacional, dirigida desde Moscú por el Estado bolchevique, una fuerza a su servicio, que, ¡claro!, en vez de aglutinar al proletariado, empezó por escindirlo y disgregarlo. Muchos extranjeros de buena fe se sumaron a ella, tomando por realidad su apariencia, pero poco tardaron en ver su error, y unos, los sanos, la abandonaron, dispuestos a combatirla, mientras que otros, ya corrompidos o amedrentados, quedaron a su servicio, como fuerzas mercenarias. “Naturalmente, el Comintern emprendió una campaña virulenta contra Franco, organizando en todos los países grandes mítines de propaganda y recaudando fondos para Madrid”, dice Krivitsky. Tuvo que hacer algún ruido, por los siguientes motivos: no desprestigiarse ante las fuerzas de izquierda, todas las cuales rivalizaban en la protesta; usar el caso de España como prueba de que, en todas partes, según los mismos comunistas habían preconizado desde el año anterior, era necesario el Frente Popular para oponerse al fascismo —Hitler, amenazador de Stalin—; satisfacer de algún modo la demanda izquierdista de que Rusia, con arreglo a las promesas bolcheviques, ayudase a una posible revolución proletaria; y, como indica Krivitsky, que el fantoche Dimitrov, secretario general de aquel cotarro, estaba especialmente encargado del Partido Comunista español, con el que tenía que hacer méritos en Moscú. Es posible que hubiera otro motivo: el riesgo de que los comunistas españoles se hicieran verdaderamente revolucionarios, rebeldes al mismo Stalin y, por ende, peligrosos para él si prendía su ejemplo en la misma Rusia, donde se estaba aprestando a liquidar toda suerte de enemigos y aun de cómplices. Si también hubo ese motivo, al que parece aludir Krivitsky diciendo que “la guerra de España fue una nueva esperanza para algunos veteranos del Comintern”, es de su poner que Stalin vacilara entre el deseo de enviar los bomberos de Dimitrov y el temor de que, una vez en España, se le hicieran incendiarios... Cauteloso siempre, siguió callando, pero el Comintern, con el debido permiso, empezó a enviar muchos comunistas refugiados en Rusia, y similarmente hizo proceder a sus secciones nacionales. No podía ir más lejos, por entonces, ya que la República no había reconocido aún a la Unión Soviética, y el Partido Comunista pesaba poco en España. Nacido principalmente de la escisión que el Comintern causó en el Partido Socialista el año 21, diez después, según Manuilsky, el ucraniano que lo tuvo a su cargo allá en Moscú, sólo contaba 800 miembros; y tan difícil le fue crecer en el período republicano, que, según Krivitsky, “cinco años de muy costosa propaganda, favorecida por todos los trastornos de una situación revolucionaria, sólo le había dado un total de 30.000 afiliados”; cifra que, aunque exigua, es una exageración de la verdadera, pues el Partido Comunista, ridículo y odioso entre el proletariado español antes de 1936, sólo pudo presumir de tener tantos afiliados al contar los votos —en su mayor parte, ajenos— que logró con el Frente Popular. Para Stalin, los factores decisivos fueron la No Intervención y el oro español. Sobre la No Intervención, a la que habría que llamar la Extravención, si es aceptable este vocablo, hay dos buenos libros ya: La política de no intervención, por J. Quero Morales, y The Spanish Plot, por E N. Dzelepy, que en Barcelona y Londres, respectivamente, aparecieron el año 37. También hay un interesante folleto, titulado La verdad sobre la intervención y la no intervención en España, del año siguiente, asimismo aparecido en la Ciudad Condal, que contiene el texto de una conferencia dada por Luis Araquistáin en el Ateneo Barcelonés. Don Luis empezó por plantear estas tres incógnitas: “Primera, ¿por qué Italia y Alemania atacan a la República española?; segunda, ¿por qué el Gobierno francés, no obstante sus simpatías por la España republicana, propone, primero, la no intervención, y consiente, después, que, al amparo de la trágica farsa no intervencionista, sigan atacándonos Italia y Alemania?; tercera, ¿por qué el Gobierno inglés, cubierto hipócritamente tras el Comité de No Intervención, quiere y trabaja por el triunfo de los facciosos en España?”. Al considerarlas, empieza diciendo esto sobre las Potencias fascistas: “¿Tenían algún agravio con la República española? Que se sepa, Italia no podía tener más que éste: que la España republicana había dejado, de hecho, sin vigencia el Tratado de amistad y neutralidad concertado el año 1926 entre Mussolini y Primo de Rivera. Es decir, que la República Española no parecía dispuesta a moverse en la órbita de la política mediterránea de Italia. Quede ahora en suspenso la cuestión de si esta actitud de España fue acertada o no, máxime no conociendo el alcance de este Tratado. Varios autores pretenden que había una parte secreta, por la cual España se comprometía, en caso de guerra, a poner las Baleares a disposición de Italia y a no permitir el paso de tropas coloniales francesas por nuestro territorio. Madame Tabouis, en un reciente libro (Blackmil or war, Londres, 1938), afirma que esta parte secreta se la llevó consigo el ex rey Alfonso XIII al abandonar España y que hoy está en poder de un aristócrata español, que la hará pública al final de las hostilidades. Lo que haya de realidad o fantasía en este aserto, el tiempo lo dirá”. La última frase de mi admirado don Luis no concierne a lo que importa... Madame Tabouis puede parecer —especialmente, al hablar por radio— la cotorra del cotarro diplomático, pero vale la pena reparar en lo que dice, pues, aunque tiene poco juicio, suele estar bien informada. Si el Tratado de 1926 tuvo la parte secreta a que se alude, fue de mucha importancia, porque desde las Baleares se puede cortar la comunicación de Francia e Inglaterra con su respectivo imperio en la más decisiva encrucijada. Pocos lo saben tan bien como Araquistáin, que hasta como embajador y diplomático por su cuenta ha visto algo de interés en tal Tratado. Por eso recuerda el precedente, de 1887, e indica que las notas cruzadas acerca de él entre España e Italia, descubiertas en los archivos de Viena después de la Gran Guerra, fueron reproducidas por el conde de Romanones en Las responsabilidades del antiguo régimen; por eso también, en la misma conferencia de 1938, indicó tres posibilidades de lograr que Alemania e Italia dejasen de hacernos pupa, y la única viable, aunque hipotética, fue expresada así: “Un arreglo diplomático por virtud del cual estas Potencias se retiren voluntariamente de España”. ¿No sería ese arreglo una imitación de los convenios mencionados? Paz Digital, 2007 LAS CLAVES. Recuperación de la Memoria Histórica. Teníamos que perder. Por J. García Pradas. La Guerra Civil contada por un anarquista, protagonista de primera fila . PUBLICÁNDOSE Recuperación de la Memoria Histórica. Causa General. La Dominación Roja Española . PUBLICADA Todas LAS CLAVES de Paz Digital
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