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Teníamos que perder. CONVERSIÓN DEL MITO EN TIMO. La Guerra Civil contada por un anarquista Imprimir E-Mail
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domingo, 13 de enero de 2008

Recuperación de la Memoria Histórica. "Teníamos que perder". Por J. García Pradas, protagonista de primera fila en la contienda. PRIMERA PARTE. I. LA TIMOCRACIA MARXISTA. CONVERSIÓN DEL MITO EN TIMO. Texto íntegro en html.

 

 

 

"Teníamos que perder"

 

Primera Parte

I. LA TIMOCRACIA MARXISTA .

CONVERSIÓN DEL MITO EN TIMO

Por J. García Pradas

 

Paz Digital, 2008.- Stalin se sumó a la No Intervención para congraciarse con la Gran Bretaña y Francia, para hacer ver que era un amante de la paz, para demostrar que realmente anhelaba la seguridad colectiva, para pasar por paladín de la Sociedad de Naciones, sin perjuicio de olvidar los derechos e intereses de la República española, y también —principalmente, en efecto— porque la No Intervención, al impedirnos comprar armas, nos pondría a su merced. Las democracias occidentales, dejándonos indefensos, le brindaron la ocasión de sernos imprescindibles; y tan bien la aprovechó, que a él hubo que recurrir para lograr armamento, no sólo en Rusia, sino también en cualquier otro país, como no fuera el remoto Méjico, que, además, sólo podía proporcionarnos fusiles del tiempo de Pancho Villa.

Dice Krivitsky: “Avanzando agosto [del 36], y con permiso de Moscú, llegaron secretamente a Odesa tres altos funcionarios de la República española. El viernes 28 de aquel mes lanzó Stalin un decreto, por medio del comisario de Comercio, prohibiendo la exportación, la reexportación y el tránsito de toda suerte de armas, municiones, material, aviones o barcos de guerra para España. Este decreto fue publicado y radiodifundido por todo el mundo el lunes siguiente, o sea, el primero de septiembre. Tal decreto oficial estaba en armonía con la política de No Intervención, de León Blum. Suscitó severas críticas en los grupos [comunistas] de la Europa occidental y América, donde el Comintern hacía frenéticos esfuerzos por encauzar la simpatía en favor de la República española”.

“Pero, al mismo tiempo, Stalin convocó una sesión extraordinaria del Buró Político, que es [en teoría] la suprema autoridad del Partido y, por consiguiente, del Gobierno soviético. No cabe apelar contra las decisiones del Buró Político; tienen fuerza de órdenes militares sobre el campo de batalla. En esa sesión del Buró Político, Stalin se declaró en favor de una intervención inmediata en España. Entonces, a principios de septiembre, llegaba al Poder en Madrid el Frente Popular [en esto yerra Krivitsky, pero al hacerlo revela lo que entendía por “Frente Popular”]. Con la ayuda efectiva del Comintern, Largo Caballero había formado un Gobierno de coalición, que comprendía dos miembros comunistas, y en el que, por vez primera, él era Primer Ministro y ministro de la Guerra”.

Nadie, que yo sepa, ha declarado aún quiénes fueron los tres altos funcionarios enviados a Odesa, ni tampoco se ha dicho quién los mandó; es de suponer que lo haría el Gobierno, pero no el de Caballero, sino el anterior, y quizá a sugerencia de Negrín, pues lo que puso en marcha a Stalin no fue un mero mensaje de amistad, ni un triple grito de socorro, sino una oferta de pagar en oro lo que quisiera vender. El caso es que, como vemos, Stalin tomó a la vez, con su doblez habitual, dos decisiones contrarias: la pública, de “decencia exterior”, prohibiendo intervenir en la guerra de España, y la secreta, de indecencia interior, proponiendo o mandando intervenir. En cuanto al por qué, Krivitsky da algunos rodeos, pero empieza por decir, aun antes de mencionar la reunión del Buró Político, que el Gobierno de Madrid, pese a tener reservas de oro por valor de 700.000.000 de dólares en el Banco de España, no pudo comprar armamento en Inglaterra, ni en Francia, ni en Checoslovaquia, por impedírselo la No Intervención. Y más adelante, mencionado ya el cónclave, dice en relación con él:

“Argüía Stalin que la vieja España había desaparecido y que la nueva España no podía subsistir por sí sola. Tendría que aliarse con Italia y Alemania o con las rivales de esas dos Potencias. Dijo que ni Francia ni Inglaterra podrían permitir que España, que domina la entrada del Mediterráneo, fuera controlada por Roma y Berlín. Para París y Londres, la amistad de España era asunto de primordial importancia. Le parecía posible establecer en España un régimen controlado por Moscú. Con España en el bolsillo, podría hacer una alianza permanente con Francia e Inglaterra. Y, al mismo tiempo, reavivaría la fe de los adictos a Rusia en el extranjero, que habían sufrido un rudo golpe con la depuración de la vieja guardia bolchevique.”

Cabe dudar, desde luego, de que Stalin pusiera tal coletilla a su argumento; pero es notorio que, a veces, haciendo alarde de crueldad, mentó la soga en casa de los ahorcados o de aquellos por ahorcar... Lo importante es que Krivitsky añade seguidamente: “Respecto a los 700.000.000 de dólares oro acumulados en España, el Gobierno de Largo Caballero estaba dispuesto a invertirlos en material de guerra. La cantidad de oro que se podría transportar a Rusia en pago de municiones entregadas a España era cuestión a estudiar sin demora, habida cuenta de que el Gobierno soviético se había adherido oficialmente a la política de estricta no intervención.”

“El Buró Político se pronunció en favor de una acción inmediata, y Stalin recalcó a sus comisarios que la ayuda soviética a España se efectuase con el mayor sigilo, para evitar toda posibilidad de que su Gobierno se viera envuelto en un conflicto armado. Su última frase, que debían tener presente los reunidos en el Buró Político y se transmitió como orden a todos los funcionarios, fue:

‘Mantenerse fuera del fuego de artillería’.

Dos días después llegó a Holanda en avión un mensajero especial trayéndome instrucciones de Moscú. Las órdenes eran éstas: ‘Extienda inmediatamente el campo de operaciones, para cubrir la guerra civil española. Movilice todos los agentes de que disponga y todo medio a su alcance para la organización de un sistema de compra y transporte de armas para España. Se envía a París un agente especial para que le ayude en estos trabajos’...”

Por muy general que fuera Krivitsky, no se podía librar del agente especial, y es posible que por eso añadiera inmediatamente el espión espiado: “Al mismo tiempo, en Moscú, Stalin dio instrucciones a Yagoda, entonces jefe de la G. P. U., para establecer una ramificación de la Policía soviética en España. El 14 de septiembre convocó Yagoda una reunión urgente en su cuartel general: la Lubianka, de Moscú. Y a ella asistieron el general Uritzky, del Estado Mayor Central del Ejército Rojo; Frinovsky, actual comisario de Marina, pero entonces jefe de las fuerzas militares de la G. P. U., ya indicado en el seno de los círculos soviéticos como una de las esperanzas de Stalin, y mi camarada Slovtsky, jefe del Departamento Exterior de la G. P. U.”

Con tan buenas noticias, podemos hacer un alto... Al descansar, recordamos que nadie ha dicho quién envió los emisarios a Odesa en agosto de 1936, y menos aún con qué recado. Me inclino a creer que la decisión se debió a los socialistas, ya que la mantuvieron cuando, unos días después, formó Gobierno el Lenin Español, Largo Caballero; y supongo que la sugirió Negrín, porque a él se le confió el Ministerio de Hacienda, que especialmente habría de recibir las consecuencias de tal misión. Tampoco sabemos cuándo ni cómo pidió Caballero a Stalin que le mandase un embajador; por ahora, tenemos que conformarnos con estas palabras de Araquistain en su interesante folleto El comunismo y la guerra de España:

“El Lenin español necesitaba a su lado un consejero soviético, y Stalin le envió como embajador suyo a Rosenberg…”. Menos se sabe aún cuándo ni cómo llegó a España, como mero agente comercial soviético, el polaco Stachevsky, “quien no sólo concertó la compra española de armamento ruso, sino también fue un amigable consejero de Negrín sobre muchos problemas económicos”, como ahora, en enero del 40, cuando aquel pájaro está enjaulado en Rusia, viene diciéndonos Louis Fischer, que se libró de su jaula, y hasta reniega de Stalin, pero aún es un amigable consejero de Negrín sobre muchos problemas periodísticos, por lealtad al parné español, que es muy castizo, y ¡olé!

Dice Krivitsky en su libro que Yagoda, tras la citada reunión, mandó al capitán Ulansky, de la G. P. U., constituir una empresa privada, al modo capitalista, para la venta de armamento, e ir a Odesa —“allí hallará tres españoles que ya llevan algún tiempo refrescándose los pies”, pues él mismo les tenía como presos—, a fin de tratar con ellos. “Si tiene éxito —le dijo Yagoda, según Krivitsky—, vuelva con un ojal en la solapa, para ponerle la insignia de la Bandera Roja”. Pero, fuese capitalista o soviética la empresa de contrabando que tenía que formar, “Ulansky partió para Odesa con instrucciones de vender sólo al contado, la advertencia de que España tendría que poner sus propios barcos, y una documentación que le otorgaba plenos poderes sobre todas las autoridades de la plaza y la región.”

Pago al contado... La solidaridad proletaria internacional, la revolución estratégica y tácticamente expuesta por Stalin, exigía algo mejor. Por eso añade Krivitsky cuando llega a noviembre del 36 en su historia: “Mientras tanto, Arturo Stachevsky desplegaba todos sus esfuerzos para asegurar el control de las finanzas de la República en manos de la Unión Soviética, sentando la teoría de que la fuerza política dimana de la base económica. Quería a España y a los españoles. Estaba encariñado con su cargo porque creía vivir de nuevo sus experiencias de la revolución rusa.... Y halló en Juan Negrín, ministro de Hacienda, un colaborador que se prestaba con buena voluntad a sus planes financieros.

Madrid se veía casi en la imposibilidad de comprar armamento francamente en el mercado mundial. La República Española había depositado una importante cantidad de sus reservas oro en los Bancos de París, esperando adquirir material de guerra en Francia. Pero surgió una dificultad insuperable: los Bancos franceses se negaron a desprenderse del oro, que era parte del Tesoro Nacional, porque Franco amenazaba con reclamárselo si conseguía vencer. Mas tales reclamaciones le tenían al Kremlin sin cuidado. Stachevsky sugirió mandar el oro español a la Unión Soviética, para que, en trueque, suministrase armamento y munición a Madrid; logrando hacer el convenio por mediación de Negrín, con el Gobierno de Largo Caballero.”

No es sorprendente que Stachevsky, polaco sentimental, pero al servicio de Rusia, y encariñado con España, pero más con lo español, fuese llamado, entre sus compinches, “el hombre más rico del mundo”. Mas tampoco es sorprendente que, habiendo hecho tanto por convertir el mito de la revolución en el timo del Estado bolchevique a la España proletaria, fuese apiolado por Stalin, en honor a los secretos de la causa, dos o tres años después. ¿Qué digo? A los pocos meses, en julio del 37, ya se sintió con la soga al cuello, pero Stalin le prorrogó la existencia, para que nos hiciera otras faenas que luego recordaré. Además, a tantos puercos les esperaba su San Martín, aunque sólo fuere por lo del oro español, que tenían que hacer cola... Y había que entretenerlos. Por eso agrega Krivitsky, al recordar su vuelta a Rusia en mayo del 37:

“… había visto en la Prensa de Moscú una lista de altos funcionarios que habían sido agraciados con la Orden de la Bandera Roja... Se me ocurrió preguntar a Slovtsky qué meritorio servicio habían prestado para otorgarles tan codiciada condecoración. Me contestó que habían sido los jefes de un grupo especial de treinta agentes de confianza, todo ellos destacados, que en diciembre fueron a Odesa con la misión de trabajar como obreros en el muelle. Habiendo llegado una enorme cantidad de oro, procedente de España, Stalin, para que no se supiera ni palabra de ello, sólo confió a los más altos rangos de su Policía secreta los trabajos de descarga... Fueron evacuados los alrededores del muelle, que después se acordonaron con tropas especiales. Del muelle al ferrocarril, los más altos funcionarios de la G. P. U. fueron llevando las cajas de oro. Días y días pasaron haciendo su traslado a los vagones de carga que, con la debida guardia, fueron luego conducidos a Moscú”, en cuya Plaza Roja, o Bella, o Grande —pues parece que el nombre ruso, algo antiguo, significa todo eso—, le dijo su informador: “Si todas las cajas de oro que apilamos en los depósitos de Odesa se colocasen aquí canto con canto, cubrirían la plaza de extremo a extremo”.

No nos dice cuánto fue. Pero Araquistáin lo indica en el citado folleto, que recoge los artículos difundidos por él en las Américas, con aquiescencia de Largo Caballero, en mayo y junio del 39. Su testimonio es de especial interés, pues él, don Luis, además de ser un buen escritor marxista —¡rara avis!, ya que aun Marx dejó de serlo cuando, hacia 1852, se entregó a la polilla del marxismo—, hace unos años se desvivió por abrir nuestro país a la influencia soviético-petrolera, contribuyó más que nadie a que Largo Caballero virase hacia el comunismo desde el año 34, en que perdió el viejo mote de Don Paco el Estuquista, hasta mayo del 37, en que el nuevo de Lenin español, le perdió a él, y luego, al ver la realidad del bolchevismo en España, las ignominias que al viejo líder hizo sufrir, con gallardía rectificó sus errores, para arremeter contra toda trampa del fascismo rojo. Veamos pues, lo que dice:

“Negrín dispuso, como ministro de Hacienda, que el oro de España, trasladado primero de Madrid a Cartagena, fuera enviado después a Rusia. No descubro en esto ningún secreto, aunque, si lo fuera, tampoco habría ya razón para guardarlo. El envío de oro a la Unión Soviética era conocido de muchos españoles —pero ignorado por muchísimos más—. Krivitsky... da publicidad a ese hecho. Lo que ignora..., es la cantidad exacta y la forma en que se hizo el depósito. Yo completaré estos datos, que explican algunas cosas al parecer inexplicables, entre otras el aferramiento de Negrín al Poder como el molusco a la roca...

El tesoro español corría peligro en el puerto de Cartagena. El enemigo conocía seguramente el traslado y es posible que preparara un asalto a aquel escondite de las reservas republicanas. Yo mismo aconsejé a Negrín que las sacara de Cartagena. Le hice venir a París —donde era embajador— después de haber obtenido, a petición suya, de Largo Caballero, autorización para el viaje. Cuando le hube expuesto mis temores y la conveniencia de poner a salvo el oro, él me dijo, sonriendo, que en aquel momento iba camino de Odesa. Me explicó la forma del depósito. Se había hecho a nombre de Largo Caballero, de Indalecio Prieto y del mismo Negrín. Si algún día faltaba alguno de los tres, o todos, los sustituirían cuatro suplentes: tres embajadores —yo era uno de ellos— y un ministro plenipotenciario. Me consta que Largo Caballero no intervino nunca con su firma en las operaciones del oro depositado en Rusia. Supongo que tampoco intervino Prieto.”

¿No hay algo raro en todo esto, que no parece ser todo? Se nos dice que el oro fue trasladado primero de Madrid a Cartagena, pero no cuándo, ni por orden de quién, ni con qué permiso. Los primeros tanques rusos, empleados entre Madrid y Toledo contra el avance fascista hacia la capital, ¿fueron pagados con el oro, a principios de septiembre, o con la promesa de él? Me inclino a creer lo último, pero también a suponer que el tesoro fue sacado de Madrid pocos días antes de escapar el Gobierno para Valencia. Si este acto fue prueba de que no creía en la resistencia que ofreció la capital, también indica que el oro fue retirado antes de llegar los moros al Manzanares. Como en Asturias, el 34, robaban relojes despertadores, no había que darles mayor oportunidad... Parece ser que esta prudencia no sé si una o trina, fue socialista tan sólo.

Verdad es que el tesoro corría un gran peligro en Cartagena. Pero, ¿por qué se mandó allí, en vez de a algún sitio del interior, donde pudiera quedar a buen recaudo? La cosa es clara: se envió a Cartagena por haber decidido de antemano enviarlo a Odesa, donde no estaría tan en peligro... ¡de que volviéramos a verlo! Los funcionarios enviados en agosto, de que habla Krivitsky, y la pronta llegada de Stachevsky a España, que nadie explica, son el comienzo y el fin del trato; lo demás, aun la misma remesa del tesoro, fue mera consecuencia. Y, desde tiempos de Giral, el promotor fue Negrín, quizá comunista desde mucho antes de conocerle Araquistáin quien, al aconsejarle en París que sacase el oro— sin ambages de embajada, que lo mandase a Rusia—, fue con carbón a Ojos Negros, si puedo hacer castellano un dicho inglés.

En fin, prosiga don Luis: “Al desaparecer dos hombres [Caballero y Prieto, que con Negrín son las tres patas del Banco de España en Rusia], no tengo noticias de que fueran sustituidos por ninguno de los embajadores o el ministro que quedaban en funciones. Me consta también que todas las salidas del oro se hacían en Moscú a nombre del depositante número 1, que era Negrín. Él fue, pues, el árbitro Único del tesoro de España [suponiendo que el depósito no fuera en verdad la entrega]. Este afán de monopolio incontrolado en la administración del oro español, ¿no fue quizá uno de los principales móviles que determinaron a Negrín a desembarazarse primero de Caballero y después de Prieto? ¿Y no explica esta situación extraordinaria, sin precedentes en la historia de nuestro país, que cuando, en octubre de 1938, Azaña pensó cambiar de política, Negrín le dijera brutalmente que él era irreemplazable, y que si le quería echar se pondría al frente del Ejército y de las masas para resistir? Azaña toleró ese exabrupto, que era todo un golpe de Estado, en vez de mandar detener en el acto a su insolente Primer Ministro, o de dimitir él en aquel momento.... Negrín, como tesorero exclusivo de la República, se erigía en dictador inamovible.”

“En las postrimerías de la guerra, el pueblo y el Ejército republicanos, hartos de sostener una guerra que estaba virtualmente perdida, se sublevaron contra Negrín y le obligaron a huir por vía aérea a Francia; pero el tesoro no se lo quitaba nadie. Por algo los comunistas, es decir, Moscú, declararon facciosa a la Junta de Madrid. Había que defender los remanentes del tesoro de España. Según una comunicación del 10 de febrero de 1937, del embajador de la República Española en Moscú, Marcelino Pascua, la cantidad depositada en Rusia fue de 510.079 kilos, 529 gramos y 3 decígramos. ¿Cuánto queda? Misterio. Desde septiembre de 1936 en que entró en el Gobierno de Largo Caballero como ministro de Hacienda, hasta que la sublevación de Madrid le arrojó del Poder en marzo de 1939, Negrín no dio cuenta a nadie del empleo del tesoro de España. Ni está dispuesto a darla, según declaró recientemente en París ante una supervivencia de la Diputación Permanente de las Cortes republicanas, hasta que vuelva a haber un régimen de emanación popular en España. Ya hubo un régimen así de 1936 hasta principios de 1939, pero Negrín no quiso confiar jamás los secretos de la Hacienda Pública ni al Parlamento ni al Gobierno. De esos secretos, mucho más que nosotros, los españoles, sabe Stalin. Pero una cosa sabemos los demás...”.

Lo que actualmente sabemos los demás es que, por culpa de un pillo y varios ingenuos —en el mejor de los casos—, el mito del comunismo, de la dictadura del proletariado, de la Tercera Internacional y de su revolución, para nosotros fue un timo, con el que, a cambio del oro, se nos dio la lepra roja, enfermedad resultante de trocar la mitocracia marxista en timocracia de nuevo tipo.

 

Paz Digital, 2008

 

LAS CLAVES. Recuperación de la Memoria Histórica. Teníamos que perder. Por J. García Pradas. La Guerra Civil contada por un anarquista, protagonista de primera fila. PUBLICÁNDOSE


Recuperación de la Memoria Histórica. Causa General. La Dominación Roja Española. PUBLICADA

 

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Comentario[s]
Anarquista
Escrito por Usuario no registrado el 13/01/2008 23:33:18
Los "fascistas rojos", como los nombra el autor, siempre tan traidores: 
 
"con su doblez habitual, dos decisiones contrarias: la pública, de “decencia exterior”, prohibiendo intervenir en la guerra de España, y la secreta, de indecencia interior, proponiendo o mandando intervenir." 
 
"la Tercera Internacional y de su revolución, para nosotros fue un timo, con el que, a cambio del oro, se nos dio la lepra roja" 
 
Eso mismo están haciendo los comunistas del PSOE ahora. Y nosotros haciendo el gilipoyas

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