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Teníamos que perder. LA CAPCIOSA CAPTACION. La Guerra Civil contada por un anarquista Imprimir E-Mail
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domingo, 20 de enero de 2008

Recuperación de la Memoria Histórica. "Teníamos que perder". Por J. García Pradas, protagonista de primera fila en la contienda. PRIMERA PARTE. II- MONTAJE DE LA TRAMOYA. LA CAPCIOSA CAPTACION. Texto íntegro en html.


 

 

"Teníamos que perder"

 

Primera Parte

II. MONTAJE DE LA TRAMOYA

LA CAPCIOSA CAPTACION

Por J. García Pradas

 

Paz Digital, 2008.- La revolución rusa de 1917 estremeció de alegría al mundo obrero, que la celebró como cosa propia, pasión y vida del cristo trabajador, sin reparar en sus aspectos ideológicos ni políticos; su resultado inmediato, consistente en instaurar «la dictadura proletaria», le pareció un menester histórico, tan necesario como la misma revolución, aunque entrañase algún mal o riesgo, y al par la Proclamación de un hecho sin precedentes: el predominio Social del proletariado, no para explotar ni oprimir a nadie, sino, al contrario, para crear una sociedad sin clases, en la que no volviera a haber oprimidos ni explotados. Era la marcha hacia la edad de oro, que los cansados, los pesimistas, suponen pasada, pero los fuertes, los optimistas, saben que se halla en el porvenir. Era la súbita rebelión de los desdichados que, acabando de escuchar el Sermón de la Montaña, no se podían saciar con los panes y los peces del milagro, porque tenían espíritu, y en él solidaridad, anhelos de universal redención, santidad de sentimientos suficiente para implantar en la tierra el Reino de Dios: aquel sin más ley que “Ama a tu prójimo y vive de tu sudor”.

Hubo dos errores entrelazados, pero bien comprensibles y excusables: como la revolución se hizo en nombre de la clase trabajadora, que bien de lleno intervino en ella, no se notó que fue guiada por el Partido Bolchevique, y así pasó por social, sin que se advirtiera su cariz político; como se creyó que era la extinción de la sociedad de clases por sus propias víctimas, que, encima de no querer, ni siquiera podrían crear otra de tal índole, pareció justificada, moral, santa, sin perjuicio de admitir que tuviera algunas imperfecciones, como cualquier obra humana.

Pero el caso es que esos errores no fueron casuales, sino causados adrede; su predeterminación data, por lo menos, de 1847, en que Marx, al redactar el Manifiesto del Partido Comunista, escribió: «Esta organización del proletariado como clase, y consecuentemente como Partido político...»; frase sin secuencia alguna, aunque de muchas consecuencias. Tanto interés tuvo en meter gato por liebre, que, al seguir exponiendo el proceso de la revolución, repitió la treta, pero al revés: «El proletariado usará su supremacía política para arrancar gradualmente todo el capital a la burguesía, para centralizar todos los medios de producción en poder del Estado, esto es: del proletariado organizado como clase dominante. »

Aparte de que el proletariado no puede dominar sin dejar de serlo y poner a otra gente en su actual situación de estrato oprimido, su organización como clase, tenga o no tenga supremacía social, no es un Partido político, ni tampoco es un Estado. Y el crimen está en que Marx, como todos los secuaces de su estrategia y su táctica, lanzó los equívocos, los trucos, sabiendo que eran mentiras. Mintió aposta para que errasen los demás.

En sus embustes basó Lenin El Estado y la revolución, libro-falsilla de su Partido, pero sofístico, deliberadamente engañoso, del principio al fin. Por eso lo fue también la martingala política que metió en la acción revolucionaria. Los bolcheviques fueron capciosos para captarse el proletariado. Su revolución consistió en usarlo como fuerza de combate para hacer ellos la toma del Poder, con el que luego habrían de revolverse contra los obreros real y libremente revolucionarios, insumisos en la nueva situación. Con su capciosa subversión deslumbraron al proletariado de su país y del mundo entero, que por eso acudió a ellos. Hasta el prevenido contra los trucos marxistas desde el tiempo de la Primera Internacional tendió a olvidar las advertencias de un Proudhon o de un Bakunin, recalcadas miles de veces después, en honor a la supuesta victoria de la clase trabajadora. Así se dio el caso de que la C. N. T., en su segundo Congreso nacional, de 1919, y aun empezando por reafirmar sus principios comunistas libertarios, se adhiriera provisionalmente a la Tercera Internacional, que los bolcheviques acababan de crear para seguir propagando el... timo.

Claro que hubo excepciones. Por ejemplo, la de Eleuterio Quintanilla, el asturiano que, fiel a su anarquismo, hizo saber: “La revolución rusa no encarna nuestros ideales... Su dirección y orientación no responden a las intervenciones de los trabajadores, sino a las de los Partidos Políticos. Bien que se procure impedir que las naciones centrales y occidentales de Europa acordonen y estrangulen al pueblo ruso, para lo que precisa una inteligencia con los demás trabajadores del mundo; pero, porque estimo política la Tercera Internacional, opino y creo que la C. N. T. no tiene por qué estar representada en ella”. Lo malo es que Quintanilla era ya uno de esos anarquistas que, aunque acertados, suelen estar solos...

Al año de la Revolución de Octubre, ya aparecieron en España dos periódicos —Nuestra palabra, del abogado García Cortés, y La Internacional, del futuro enchufista Fabra Rivas— para hacer, de buena fe, la citada propaganda, a la que Núñez de Arenas, historiador, contribuyó creando la Escuela Nueva y el Comité en pro de la Tercera Internacional; con el resultado de que, en diciembre del 19, cuando Borodin andaba por Madrid como primer emisario directo de Moscú, el Partido Socialista se halló como el asno de Buridán: con 14.000 votantes deseosos de seguir en la Segunda Internacional, pero 12.500 en favor de adherirse a la Tercera. Seis meses después, la Federación de Juventudes Socialistas, dominada por su agrupación madrileña, se convirtió en el Partido Comunista Español, y otros dos meses más tarde, en junio del 20, los partidarios del ingreso en la Tercera Internacional alcanzaron primacía en el Partido Socialista, cuyo congreso, indeciso aún, envió dos delegados a Moscú: De los Ríos y Anguiano.

Al volver de Rusia en abril del 21, los delegados dieron informes discordantes, y un tercer congreso especial de su Partido decidió, por unos 8.000 votos contra 6.000, no adherirse a la Tercera Internacional; pero los vencidos demócratas proletarios, como los bolcheviques que los inspiraban, prefirieron el cisma a la sumisión, pasando a formar el Partido Comunista Obrero de España, que después, por consejo o mandato de un tal Graziadei, delegado del Comintern, se fusionó aquel mismo año con el de los antiguos jóvenes socialistas, formando conjuntamente el Partido Comunista de España, pero al servicio de Moscú, pues, aun entre marxistas, la cuestión a decidir —y decisiva— fue si las secciones nacionales habían de ser autónomas o quedar supeditadas a la maestra, que había hecho la revolución en Rusia. Optar por el Comintern implicó; desde un principio, someterse a sus remotos y aun secretos dirigentes, engancharse en la Legión Extranjera de Moscú.

Por el mismo tiempo se le metió cuña a la C. N. T., cuyos delegados, además de asistir al tercer Congreso del Comintern, intervinieron —sobre todo, Andrés Nin— en el constituyente de la Internacional Sindical Roja; pero los nombramientos de Nin y Maurín fueron conseguidos tan anómalamente en un Pleno manejado desde arriba por los inclinados al bolchevismo, que otro Pleno, más normal, los anuló poco después, y esta decisión fue refrendada en junio del 22 por la Conferencia Nacional de Zaragoza, que también, tras escuchar los dispares informes de Angel Pestaña y Joaquín Maurín sobre lo que habían visto en la Unión Soviética, acordó volverle la espalda al Kremlin. Naturalmente, los bolchevizantes, aun siendo honradísimos los más de ellos, por lo cual nunca llegaron a perder su independencia inicial, que hasta la vida le costó a alguno, no aceptaron tal acuerdo, y con su minoría se fueron de la C. N. T., para formar los Comités Sindicalistas Revolucionarios, que aspiraban a llevársela de calle cuando tuvieran ocasión.

En 1923, agitado año en que celebró su primer congreso el Partido Comunista de España —de España, que no Español—, visitó nuestro país Dino Tranquilli (que, como Ignazio Silone, el noble autor de Fontamara, acabaría por denunciar la patraña moscovita), para crear la sección del Socorro Rojo Internacional; con la apariencia de protestar contra el envío de tropas a Marruecos, los comunistas vizcaínos de Perezagua —injusto apodo de Perezvino- declararon la huelga general contra los socialistas, y el futuro director irresponsable de Mundo Obrero, ministro de Instrucción Pública y comisario general de los ejércitos de la República en la Zona Centro-Sur, Jesús Hernández, fue detenido cuando intentaba volar la imprenta de El Liberal, diario de tantas campañas, que parecía el caballo de Prieto y Sota en Bilbao; mientras que otro redentor, Oscar Pérez Solís, futuro alférez sindical de la Iglesia Militante, se hizo fuerte en la Casa del Pueblo, perteneciente a los prietistas, con unos cien gamberros del comunismo.

Pero poco duró la fase heroica. Llegada la Dictadura, y con ella —¡quién había de decirlo!— las portentosas posibilidades de elogiar oficialmente a Joaquín Costa, de hacer consejero de Estado al futuro Lenin español, y hasta de crear el Partido Socialista de Alfonso XIII, la legión extranjera resultante de tres escisiones y una fusión se redujo a unos 500 engañados, y para dirigir —en apariencia al menos, o a lo sumo, que viene a ser lo mismo— el Partido Comunista de España se formó una troika, con Bullejos, Adame y León Trilla, que era un tresillo de chistes: si Adame Trilla Bullejos, Bullejos Adame Trilla, pero León..., ¡ah!, León Trilla Bullejos y Adame. (Mi honradez de historiador me hace advertir que esta chufla cacofónica es de Cálamo Currente, catedrático de Gramática Parda en Las Batuecas, jubilado —mejor dicho, cesante sin sueldo alguno—).

Al primer trallazo, la famosa troika, desenganchada del atascado trineo, partió al galope para París. Durante el deshiele de la Dictablanda volvió á Madrid, y, como sólo fue acogida por 800 pelagatos, con los que apenas se puede dar un mitin o elegir un concejal, para salir del apuro lanzó un grito, « ¡Todo el Poder a los soviets! », que a los rusos, ya sin un soviet en toda la Unión Soviética, debió de parecerles muy tardío, y a los obreros españoles, tan prematuro o primitivo como el de Tarzán de los Monos. Ni de risa espantó a nadie, y únicamente se salvó aún por no haber gente para destituirla, ni tampoco de qué. Mas no faltó quien le dijera que el mundo es de los más aptos, y, estimulada por ese aviso, preparó una ofensiva contra la C. N. T., so pretexto de hacer su «reconstrucción».

La consigna, no sé si táctica o estratégica, fue de zapadores: “Frente único por la base”, para dejar sin supuesta base a la supuesta cima del campo confederal. La excusa consistió en que había sido un amaño de los intrusos anarquistas el apartar a la C. N. T. de la Tercera Internacional. La ocasión, triple al menos: en Sevilla, José Díaz, Antonio Mije, Manuel Delicado y otros que tal, todos forasteros, habían logrado catequizar a los obreros portuarios; por el Cantábriço, Dolores Ibárruri, buena oradora, guapota al modo de entre Santurce y Santoña —después se refinó mucho—, pero además apasionada en extremo, se apartó de su esposo, dejó el Partido Socialista de ambos y, habiendo logrado en él unas gavillas de ferroviarios y mineros, se fue a las eras de Booz, al par que otro camarada, cuyo apellido de Checa le hizo chequista de por vida, juntó unos cuantos horteras en Madrid, donde sentó plaza de organizador.

Así, en 1932, con lo quitado a la C. N. T. y a la U. G. T., formaron su TELAQUITÉ, pero por disimular le dieron la sigla de C. G. T. U., correspondiente a Confederación General del Trabajo Unitaria. No es sorprendente que con tan hueco escandallo para sondar bajos fondos, o raña de tantos garfios para arramblar con esponjas, calamares y percebes, llegaran a tener, si hay que creerles, unos 150.000 cotizantes. Como entonces ya había con qué y de qué destituir a la previa troika, se hizo el frente único por arriba para echarla del establo, pasando al balcón de maese Stalin los aptos supervivientes: Pepiyo er Canario, Mijito er del Agipró, Dolores la Pasionaria, Pedro el Checa y Jesús el Terrorista (que nada sabrá, supongo, de cómo y por qué murió en España, hace unos años ahora —en 1973—, el desdichado León Trilla).

El frente único por la base les dio suficientes votos para que José Antonio Balbontín, diputado ya por Sevilla, buena persona, muy Giraldillo como poeta, nada juicioso como político, pero aun así un poquitín calculador, para recobrar su base la siguiera al Partido Comunista, que se le tornó la Cueva de Montesinos; y también para que un médico con cierta pinta de albéitar, don Cayetano Bolívar, en noviembre de 1933, tuviera el honor de ser —aunque por votos ajenos, mayormente— el primer diputado comunista elegido en España. Poco fue el éxito, pero el P. C. notó en las elecciones que la alianza con otras fuerzas le resultaba rentable, y al año siguiente tuvo el acierto —quizá debido a las buenas tradiciones asturianas de los mineros que poco antes captó— de portarse bien, brava y dignamente, en el ensayo de Octubre, que eso, un ensayo, fue para todos...

Pero el depender de Stalin le hizo alterar su papel. En el verano del 35, la delegación española que Pepe Díaz y Pasionaria condujeron al séptimo Congreso de la Tercera Internacional recibió la cartilla del Frente Popular, que ordenaba la alianza democrática con la pequeña, la mediana y aun la grande burguesía, no la alianza obrera revolucionaria, contra “el fascismo”, “la peste parda”: en fin, Hitler, que sin oposición y hasta con auxilio de la Tercera Internacional llegó al Poder, pero después le dijo a Stalin que nones. De ahí que, en volver de Rusia los alguaciles alguacilados, el Partido Comunista disolviera la C. G. T. U. en mantillas, para entregarse a la formación —que, explico, no le censuro— de ese Frente Popular Antifascista con el que, en febrero del 36, cuando su propia exageración sólo llegaba a blasonar de 30.000 cotizantes, consiguió 17 diputados.

Mas no por eso dejó sus intrigas de cuatrero; ¡muy al contrario! Al disolver la C. G. T. U., con sus fuerzas invadió la U. G. T., procurando conquistarla, y por eso le bailó el agua a su líder, Caballero, tras formarle una corte de marxistas auténticos, de socialistas revolucionarios —muchos de los cuales eran comunistas ya, como otros lo fueron luego, como los demás habrían llegado a serlo en circunstancias convenientes—, que en el apodo de Lenin español pareció darle los títulos de tribuno de la plebe y dictador, pero le dio la corona de espinas y hasta el inri. Lo intentado era hacerse con la U. G. T. falsificándole el dirigente, para luego, desde ella, tomar o escindir el Partido Socialista, cuyos miembros resistentes a la entrega serían llamados escisionistas, social-traidores o cualquier otra cosa merecida por la caterva insultante.

Si esa intentona les falló, les salieron bien otras por el estilo. Un agente de Stalin —el siniestro Vittorio Codovila, alias Medina, frecuentemente confundido con Vittorio Vidali, más notorio en España con el nombre de Carlos Contreras, creador del Quinto Regimiento—, que tan pronto era español como argentino, italiano, etc., y del que ahora se empieza a hablar en público, pero hasta en la guerra quedó disimulado, dirigió la intriga conducente a que la Juventud Comunista manejada por Trifón Medrano se uniera con la Juventud Socialista, a cuyo frente se hallaba entonces un rechoncho veinteañero, que a su padre, el diputado asturiano Wenceslao Carrillo, debía nombre y renombre, a la vez que la actitud caballerista con que logró su posición. Nada más natural, entre marxistas a punto de anular sus discrepancias, que llegar al frente único... Pero el caso es que Santiago Carrillo, socialista en público, comunista en secreto —como José Cazorla y otros—, vino a ser secretario general de la Juventud Socialista Unificada, en pago visible de la traición a su padre, a Caballero y a sus ingenuos camaradas, pero también en servicio de quienes le condenaron a ser traidor de por vida.

Con pareja maniobra, en Cataluña, al empezar la guerra, se fusionaron la Unió Socialista, el Partit Comunista, el Partit Catalá Proletari y la sección catalana del Partido Socialista Obrero Español, constituyendo el Partit Socialista Unificat de Catalunya, que, bajo la aparente dirección de Juan Comorera —títere del húngaro a quien tan pronto llamaban “Pedro” como “Gueré” (tratábase de Ernö Gerö, destinado a sofocar la rebelión de su propio pueblo contra el imperialismo rojo)—, y con el creciente apoyo de las fuerzas reaccionarias que adivinaron su misión, fue el instrumento de Stalin para oponerse a la C. N. T. y al P. O. U. M., para minar las posiciones de la Esquerra, para explotar el regionalismo y, finalmente, apoderarse de la región. Por la base o por la cúspide, por en medio y por los lados, los comunistas tendieron siempre a conseguir fuerzas ajenas, a captar capciosamente, según pintó la ocasión, los capitostes y las masas que en el país les hacían falta para servir a Moscú. Su servitude volontaire, quizá limpia al principio, pero pringada después, tuvo la misión antihumana, antiespañola y antiobrera de imponer la servidumbre obligatoria a los demás.

 

Paz Digital, 2008

 

LAS CLAVES. Recuperación de la Memoria Histórica. Teníamos que perder. Por J. García Pradas. La Guerra Civil contada por un anarquista, protagonista de primera fila. PUBLICÁNDOSE


Recuperación de la Memoria Histórica. Causa General. La Dominación Roja Española. PUBLICADA

 

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